Gabriela, Pedro, Maiara y Siervas de Jesús
Juan Manuel Frutos, Paraguay
La huella del amor en el Día del Niño
En Paraguay, cada 16 de agosto celebramos el Día del Niño, una fecha profundamente arraigada en nuestra historia y que recuerda especialmente a los niños héroes de la Batalla de Acosta Ñu. Con el paso del tiempo, esta memoria se ha convertido también en una invitación a cuidar, valorar y celebrar a nuestros niños, especialmente a quienes viven en situaciones de mayor vulnerabilidad.
Para nosotras, como Siervas de Jesús de la Caridad, celebrar este día significa mucho más que preparar una fiesta. Es acercarnos a los pequeños, compartir nuestro tiempo, nuestra alegría y nuestro cariño y, sobre todo, descubrir en ellos el rostro de Jesús.
En la comunidad de Doctor Juan Manuel Frutos, Pastoreo, comenzamos los preparativos aproximadamente un mes antes. Nos unimos las Siervas de Jesús, los Laicos Siervos de Jesús y numerosas personas de buena voluntad. Elegimos el lugar, calculamos el número de niños, solicitamos ayuda y fuimos recogiendo alimentos, regalos y todo lo necesario. Con cada aportación crecía también nuestra ilusión.
Nuestro deseo era visitar la comunidad indígena de Punta Porã, bastante alejada de la ciudad. Sin embargo, al buscar un teléfono de contacto, nos facilitaron por equivocación el de una comunidad vecina. Creyendo que hablábamos con Punta Porã, estuvimos organizándolo todo con Nueva Esperanza.
Sin saberlo, Dios ya comenzaba a escribir nuestra historia.
Una fiesta que comenzó con alegría
Aunque el Día del Niño se celebra el 16 de agosto, decidimos realizar nuestra primera celebración el día 14. Desde temprano cocinamos y preparamos todo lo necesario. Después emprendimos el viaje y, al llegar a Nueva Esperanza, los niños nos recibieron con enorme alegría.
Compartimos el almuerzo y después llegaron los juegos, las dinámicas, las carreras y las risas. Más tarde ofrecimos la merienda y repartimos los regalos preparados con tanto cariño.
Aquella jornada volvió a recordarnos que un gesto sencillo puede tener un valor enorme. Una comida, un juego, una golosina o simplemente estar allí con nuestra presencia.
No habíamos llevado solamente cosas. Habíamos llevado presencia, cariño, alegría y compañía.
Todo transcurría felizmente hasta que, al compartir la torta, recibimos una noticia inesperada: En Punta Porã también nos estaban esperando.
Entonces comprendimos la confusión.
Intentamos explicar al cacique de Punta Porã lo sucedido. Ellos también se habían preparado para nuestra llegada y la situación fue haciéndose cada vez más difícil. Incluso comunicaron lo ocurrido a una radio local.
Regresamos con el corazón dolorido. La Madre Superiora estaba profundamente preocupada. Habíamos utilizado los alimentos, repartido los regalos y no teníamos nada preparado para una segunda celebración.
Humanamente parecía imposible.
Y entonces comenzó a actuar la Providencia
Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando Pedro Ortigoza, uno de los integrantes del equipo, animó a la Madre:
«Preparemos todo para mañana».
Se comprometió a buscar ayuda, hablar con sus amigos y movilizar a personas de buena voluntad. Y comenzó algo que todavía hoy nos emociona recordar.
Una persona ofrecía una cosa; otra conseguía otra. Alguien abría una puerta y otro tendía una mano. A las diez de la noche, apenas unas horas después, ya habíamos conseguido prácticamente todo lo necesario para atender a los cerca de 200 niños de Punta Porã.
Todavía faltaba la torta. Necesitábamos quince kilos y la persona que habitualmente colaboraba con nosotras estaba enferma y solo podía preparar cinco. Una de las Laicas Siervas consiguió otros cinco y la Hermana Sandra se encargó de los restantes.
Una vez más experimentamos que, cuando una obra se realiza con amor y se pone en las manos de Dios, Él abre caminos que nosotros no sabemos cómo abrir.
Rumbo a Punta Porã
Al día siguiente, todo estaba preparado. Con los alimentos, la merienda, las golosinas, los regalos y los quince kilos de torta, emprendimos el camino hacia Punta Porã, compañía María Auxiliadora.
Al llegar, comprendimos que la preocupación de las horas anteriores había sido pequeña comparada con la alegría de poder estar allí. Más de 200 niños indígenas nos esperaban en una comunidad profundamente necesitada y muchas veces olvidada por su distancia de la ciudad.
Aquello que unas horas antes habíamos vivido como un problema comenzó a mostrarse como una oportunidad que Dios había puesto en nuestro camino.
Compartimos juegos, música, merienda, golosinas, regalos y momentos artísticos. Y al finalizar, los niños y miembros de la comunidad nos obsequiaron con el tradicional Tangará, una expresión cultural propia de los pueblos indígenas.
Nosotras habíamos llegado pensando que íbamos a llevarles algo, pero ellos también tenían mucho que regalarnos: su cultura, sus tradiciones, su alegría y sus sonrisas.
Sobre todo, nos regalaron la posibilidad de conocer una realidad a la que quizás nunca habríamos llegado de no haber ocurrido aquella confusión.
Dios escribe derecho en renglones torcidos
Al mirar ahora lo sucedido, ya no podemos verlo simplemente como un error. Si todo hubiera ocurrido según nuestros planes iniciales, quizás nunca habríamos llegado a Punta Porã donde esperaban más de doscientos niños.
Nosotras vimos una confusión. Dios vio una oportunidad.
Nosotras vimos un problema. Dios abrió caminos.
Nosotras vimos una dificultad. Dios nos mostró una comunidad.
Aquello que comenzó entre preocupación y lágrimas terminó convirtiéndose en una experiencia que permanecerá para siempre en nuestros corazones. Regresamos con la certeza de que no habíamos ido solamente a organizar una fiesta. Fuimos a encontrarnos con Jesús en sus pequeños.
Quizás esa fue la verdadera celebración: descubrir que detrás de una confusión Dios nos esperaba en más de doscientos rostros, recordándonos que cada niño es un regalo y cada gesto de amor puede convertirse en una huella de esperanza.
Muchas manos para una misma misión
Nuestro agradecimiento es para todas las personas que hicieron posible aquellos dos días y, de manera especial, para Pedro Ortigoza, cuya iniciativa en el momento de mayor dificultad puso en marcha aquella segunda celebración.
También agradecemos a la Srta. Belén Gauto, que nos acompañó durante las dos jornadas con su música, llenando de alegría cada encuentro.
Gracias a las Siervas de Jesús, a los Laicos Siervos de Jesús y a cuantos compartieron alimentos, regalos, dinero, tiempo, trabajo y esfuerzo.
Esta historia fue escrita por muchas manos y muchos corazones que se atrevieron a decir «sí».
Nosotros pusimos las manos; Dios puso la Providencia.
Nosotros pusimos el esfuerzo; Dios realizó el “portento”.
Nosotros quisimos regalar una fiesta; Dios nos regaló una experiencia de amor.
Y permanece en nosotras una certeza:
Dios escribe derecho en renglones torcidos.
Una experiencia que también transforma a quien acompaña
Una de las familias que participó en estas jornadas resume así lo vivido:
«Para mí y mi familia fue una de las experiencias más lindas y reconfortantes. Fue impresionante ver a tantos niños emocionados por la llegada de las Siervas de Jesús. Compartir su realidad nos enseña a valorar y agradecer más a Dios todo lo que nos da y a ser más serviciales con quienes pasan necesidad».
Y añade un deseo para las hermanas:
«Que nunca pierdan ese don de servicio y que Dios y Santa María Josefa les den mucha fuerza para continuar esta hermosa labor. A través de ustedes tantos niños y sus familias pudieron experimentar el amor de Dios».



