Hna. Maritta Lucysabel Fiestas Puescas
Día de gracia, de gozo profundo y de santa emoción, al contemplar el camino recorrido. Mi corazón se une con humildad al Magnificat de la Virgen María para proclamar las grandezas del Amor de Dios. Al celebrar mis Bodas de Plata, no hago más que reconocer que estos veinticinco años han sido un despliegue constante de la fidelidad y la ternura de Dios conmigo. Al volver la mirada al primer día, mi alma entera repite con el salmista: «Tu misericordia es eterna, Señor; ¡no abandones la obra de tus manos!». Es esa misericordia la que me llamó, la que me ha sostenido y la que hoy me permite seguir adelante como arcilla en manos del Alfarero.
Quiso el Señor, en su amorosa providencia, que esta fiesta tuviera lugar el 29 de septiembre, en la hermosa Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Bajo la protección de sus alas y su custodia celestial, he tenido la dicha de renovar mi «sí» definitivo al Esposo. Al igual que ellos, haciéndome eco de las palabras dichas en la homilía de la misa de Acción de gracias, estoy llamada a ser un ángel para los demás.
Doy gracias al Señor por el don inestimable de mi amada Congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad. En este carisma de entrega, cuidado y caridad con los enfermos y desvalidos, he encontrado mi hogar y mi misión. Agradezco hondamente a mi comunidad, a mi familia y a cada uno de los que me han acompañado a lo largo de este caminar. Cada rostro, cada oración silenciosa y cada muestra de afecto son para mí el testimonio vivo de que la vocación no se camina en soledad. Ellos han sido el cayado, el abrazo y la sonrisa de Dios en los momentos de luz y en las horas de desierto.
Veinticinco años atrás, deposité mi juventud y mis anhelos en sus manos divinas. Hoy confirmo con el alma colmada de júbilo que vale la pena dejarlo todo por Aquel que lo es todo. Nada de lo vivido ha sido por mérito propio; todo ha sido obra de su Gracia, que ha salido al encuentro de mi pequeñez para transformarla en ofrenda fecunda al servicio de los que sufren.
Madre de la Vida Consagrada, Virgen María, tú que supiste guardar y meditar todo en tu corazón, te entrego mi pasado con infinita gratitud, mi presente con renovada entrega y mi futuro con una confianza ciega en las promesas de tu Hijo Jesús.
¡Gracias Señor, por llamarme a ser tu Sierva! ¡Gracias por desposarte conmigo en la Caridad! ¡Gracias por estos veinticinco años de bendición, fidelidad y amor compartido! Que mi vida siga siendo, hasta el último aliento, la obra predilecta de tus manos y un canto eterno de alabanza para tu mayor gloria. Amén.










