Provincia de San José 

Moreno, Buenos Aires

Del 5 al 7 de octubre de 2026 hemos compartido una experiencia de formación en torno a la afectividad en la vida consagrada, profundizando especialmente en la integración de la dimensión humana y espiritual de nuestra vocación.

Han sido días para detenernos, conocernos mejor, revisar nuestras relaciones y recordar que el camino de la consagración implica también aprender a integrar nuestra historia, nuestros afectos y nuestra manera de relacionarnos con Dios y con los demás.

La unidad entre la dimensión humana y la dimensión espiritual

La persona humana no está dividida en partes independientes. Somos cuerpo, mente, emociones, relaciones, historia, deseos y espíritu. Todas estas dimensiones forman una unidad profunda: lo que vivimos interiormente influye en nuestra relación con Dios y, al mismo tiempo, nuestra relación con Dios transforma la manera en que vivimos, pensamos, sentimos y nos relacionamos con los demás.

La vida espiritual no puede separarse de nuestra realidad humana. Crecer en la vocación supone también aprender a conocernos, aceptar nuestra historia y permitir que Dios ilumine y transforme todo aquello que somos.

Afectividad en la vida consagrada

La afectividad en la vida consagrada se manifiesta, sobre todo, cuando existe una integración armónica entre consagración, vida comunitaria, formación y misión.

La propia comunidad puede convertirse en un espacio que revele aquello que todavía no hemos integrado. La convivencia cotidiana, las relaciones fraternas y los desafíos compartidos nos ayudan a descubrir nuestras fortalezas, pero también nuestras heridas, necesidades y fragilidades.

La madurez afectiva, base para una entrega libre y consciente

No se puede hablar de una entrega plena, consciente y perseverante sin hablar antes de madurez afectiva.

Amar supone conocerse, aceptarse, integrar los propios afectos, aprender a poner límites y, sobre todo, ser capaz de elegir el bien del otro desde la libertad.

Una persona madura no es aquella que nunca tiene miedo, inseguridades, deseos de afecto o momentos de fragilidad. Es aquella que puede reconocer todo eso sin convertirse en esclava de sus emociones.

Por lo tanto, la madurez afectiva no consiste en no experimentar emociones, sino en aprender a reconocerlas, comprenderlas y orientarlas.

Propuestas para vivir mejor la madurez afectiva en nuestras comunidades

  • Conocerse a sí misma, reconociendo la propia historia personal, vulnerabilidades, virtudes y limitaciones.
  • Saber comunicarse con sinceridad.
  • Dialogar y resolver los conflictos en comunidad, entendiéndolos como un desafío para construir comunidades más fraternas, sin huir de los problemas y buscando sanar las heridas de la propia historia.
  • Expresar las emociones sin lastimar a la hermana.
  • Respetar los límites de cada una y buscar espacios de confianza.
  • Acompañar sin controlar ni juzgar.
  • Vivir la amistad entre hermanas, cultivando un cariño auténtico y fraterno.
  • Saber cuidar y proteger la integridad de la persona.
  • Alegrarse por el bien y los logros de la hermana.
  • Cuidar la confidencialidad.

Reconocer, aceptar, asumir y sanar nuestras heridas desde una relación profunda con Dios hará que nuestras comunidades puedan convertirse cada vez más en lugares de verdadera fraternidad y que nuestra misión sea también más fecunda.

Sobre mi relación con Dios

Estos días de formación también nos han invitado a hacernos preguntas que afectan al centro mismo de nuestra entrega:

¿Permito que Dios sane y transforme mis afectos?

¿Qué parte de mi vida no he entregado verdaderamente a Dios?

Si hoy Dios me preguntara: “¿Qué te impide entregarte libremente?”, ¿qué le respondería?

Oración

Señor, enséñame a conocerme sin miedo,
a aceptar mi historia sin quedar prisionera de ella
y a mirar mis afectos con verdad.

Dame un corazón libre,
capaz de amar sin poseer,
de entregarse sin depender,
de servir sin buscar reconocimiento
y de permanecer fiel cuando el entusiasmo desaparezca.

Sana en mí aquello que todavía necesita ser sanado.
Líbrame de los miedos que condicionan mis decisiones
y de las necesidades que me hacen buscar en otros
lo que solamente Tú puedes darme.

Enséñame a distinguir entre sentir y elegir,
entre necesitar y amar,
entre poseer y entregarme.

Que mi “sí” sea verdaderamente libre.
Que mi entrega sea consciente.
Que mi amor sea responsable.
Y que toda mi vida pueda convertirse, poco a poco,
en un don ofrecido por amor. Amén.