Noviciado, Virac
Provincia Sta. Maria Josefa
MI HISTORIA VOCACIONAL
De niña tenía muchas aspiraciones, pues mi meta en la vida era terminar mis estudios y trabajar para ayudar a mis padres, en agradecimiento por sus sacrificios. También solía acompañar a mi abuela a la iglesia todos los viernes del mes; no entendía bien de qué se trataba, pero —como cualquier niña— simplemente quería disfrutar de la vida.
Ya en la secundaria, anhelaba alcanzar el éxito algún día. Entonces, de repente, conocí a una Sierva de Jesús, quien siempre me invitaba a participar en los encuentros. Tenía 13 años cuando asistí al primer encuentro vocacional en la congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad en Bigaa. Fue una experiencia positiva para mí, ya que conocí a personas nuevas provenientes de distintos lugares.
Años más tarde participé en otro encuentro; para entonces, tenía 16 años. Pasé allí tres días y dos noches junto a mis compañeras. Vivimos muchas cosas; recuerdo que el programa incluía juegos, momentos para compartir y oración. Por aquel entonces, ser religiosa no figuraba entre mis planes, pues no tenía idea de cómo vivían las hermanas. Solo sabía que rezaban, asistían a Misa y, por supuesto, comían. Desconocía que también trabajaban arduamente y realizaban buenas obras; fue entonces cuando descubrí que aquello resultaba interesante.
Tenía 17 años cuando operaron a mi madre. Fue una situación muy difícil para mí, ya que soy la mayor de cuatro hermanos. Me faltaban fuerzas para aceptar lo que ocurría; ella estuvo a punto de morir debido a complicaciones y yo no sabía qué hacer. Recuerdo que estaba sentada en una silla junto a mi tía y recé a la Santísima Virgen María pidiéndole un favor: que ayudara a mi madre y le diera otra oportunidad de vivir.
Mi petición fue concedida y, días después, mi madre recibió el alta hospitalaria. Al regresar a casa, ella fue mejorando; la cuidé y logró recuperarse rápidamente, a pesar de sentir aún algunas molestias. Dos meses más tarde, decidí dejar a mi familia para ingresar en el convento, pues le había prometido a la Virgen María que, si sanaba a mi madre, yo entraría en la vida religiosa.
Amo a mi familia. Al principio me resultó doloroso dar ese paso, pero puse todo en manos de Dios, fuera cual fuera el desenlace. Recuerdo que era octubre de 2022; me sentía ilusionada. Mi familia me acompañó al convento y, al llegar a la puerta, respiré hondo y avancé con una sonrisa. Las religiosas me esperaban en el interior; estaban muy contentas y sentí su cálida bienvenida.
No me arrepentí en absoluto, pues también necesitaba avanzar en la búsqueda de mi vocación en la vida. Entonces me despedí de mi familia. Continué mis estudios de bachillerato (grado 12). Me sentía bien dentro del convento. Al cabo de un año, me gradué en Calatagan; estaba muy feliz, ya que ingresaría oficialmente como aspirante.
Aunque siempre hubo desafíos, logré superarlos y fui admitida al postulantado; tras siete meses, fui admitida como novicia. Mi primer año en el noviciado estuvo lleno de entusiasmo, centrado en el estudio, el trabajo y la oración; en definitiva, en la formación.
Después del año canónico, fui enviada a una experiencia misionera. Visitamos diversos lugares para ofrecer programas de alimentación y visitar a los enfermos, llevando a Cristo a quienes no podían asistir a Misa, entre otras actividades. Todo ello me parecía positivo, pues sabía que Dios me llamaba a servirle y, de este modo, a llevar esperanza a mis hermanos y a mi familia.
Ahora, al recorrer este camino, recuerdo este pasaje bíblico del libro de Josué 1,9: «Sé fuerte y valiente». Me recuerda que, adondequiera que vaya, cuento con Dios para sostenerme; Él será mi fortaleza para seguir adelante en la vida.
Hna. Robelyn Teves, SdeJ
Virac, Filipinas
DIOS ME LLAMÓ…
Todo comenzó una mañana cualquiera. Acabábamos de despertarnos cuando una señora, amiga de mi madre, la llamó a gritos para contarle con alegría sobre el seminario de preparación para el sacramento de la Confirmación, dirigido a los jóvenes de nuestro barrio. Asistimos a él durante una semana; allí recibimos catequesis sobre las oraciones básicas y conocimientos acerca de la Iglesia y del sacramento que íbamos a recibir.
El último día de nuestro seminario hicimos un examen y, antes de concluirlo todo, uno de los catequistas nos habló sobre la historia de la vocación de Santa Teresita del Niño Jesús. Al terminar de contar la historia, quedé maravillada con ella; me preguntaba cómo pudo dejar atrás su vida en el mundo para vivir «encerrada» en el convento —dejando a su familia, sus sueños, etc.—, simplemente para estar con el Señor. Su gran deseo de santidad conmovió mi corazón e hizo que soñara: «Si ella pudo ser santa, yo también puedo. Soñar no cuesta nada y, hasta el día de hoy, sigo soñando».
De camino a casa, les dije a mis dos hermanos: «¿Saben? Voy a ser monja». Ellos no lo tomaron en serio, pensando que solo estaba bromeando; y sí, realmente estaba bromeando, pero era una broma sincera y auténtica.
Al leer la autobiografía de Santa Teresita del Niño Jesús, me pregunté por qué sentía tanto interés por los asuntos religiosos. Y volví a preguntarme: «¿Y si Dios me está llamando a esta vida?». Al examinar mi vida desde el principio, me cuestioné: «¿Dónde está Dios en mi vida?». Me sorprendió descubrir que Él siempre había estado a mi lado durante todo este tiempo. Lloré, porque siempre lo alejaba, lo rechazaba y lo ignoraba; pero lo más grave de todo es que, cada vez que caigo en pecado, vuelvo a clavarlo en la cruz.
Tras ese momento en el que tomé conciencia de mi propia condición pecadora, sentí la amorosa misericordia de Dios. Y recibí esta iluminación, una llamada divina que escuché no con el oído, sino con el corazón. Acepté de buen grado su llamada, aun sabiendo que el camino que elegía nunca sería una travesía fácil.
Al responder a la voluntad de Dios, el proceso de discernimiento no fue fácil, pues surgieron muchas tentaciones y obstáculos. Entre ellos estaban mi familia, mi futuro, mis propios anhelos y muchas otras cosas. Me llevó meses discernir y luchar contra la tentación. Mis padres no querían que asistiera al encuentro vocacional ni que ingresara en el convento, pero finalmente me dieron permiso al comprender que aquello era verdaderamente la voluntad de Dios.
Un día, la hermana promotora vocacional regresó a nuestra casa y me preguntó si ya había tomado una decisión; le respondí que sí. Así pues, fijamos la fecha de mi ingreso en el convento. Cuando llegó el día de partir, no miré atrás hasta que ya me encontraba lejos; entonces volví la vista y dije: «Adiós, papá; adiós, mamá».
Sé que para ellos es difícil dejarme marchar, pero confío en que Dios cuidará de ellos. Los he puesto en manos de Dios mientras sigo rezando por ellos y agradezco al Señor su generosidad al ofrecerme a Él. Amén.
Hna. Kristine Tabo, SdeJ
Virac, Filipinas













