Hna. Yessica Zapata Piscoya, SdeJ,

Comunidad de Murcia

Al cumplir 25 años de vida consagrada

Recordar es volver a vivir. Al escribir estas líneas, vuelvo a aquel día tan especial de mis bodas de plata, el 3 de octubre, una jornada llena de emoción, alegría y, sobre todo, de agradecimiento a Dios por estos 25 años de vida consagrada.

Mi corazón se llena de gratitud por tantas experiencias vividas, por las personas que han formado parte de mi camino y por las innumerables muestras del amor y la fidelidad del Señor.

Gracias, Dios mío, por el regalo de la vida y de mi vocación; por llamarme a seguirte y por sostenerme con ternura y paciencia, incluso en mis debilidades, limitaciones y faltas de amor. Hoy vuelvo a poner mi vida en tus manos, confiando en que seguirás acompañándome en cada paso.

Gracias a mis padres por regalarme la vida, educarme en la fe y rodearme de tanto amor. El hogar y la familia que me habéis dado siguen siendo un regalo que me acompaña cada día. Desde la fe, siento que mi madre, desde el cielo, continúa intercediendo por sus hijos.

Agradezco igualmente a mi padre, a mis hermanas carmelitas y a toda mi familia, cuyas oraciones y cariño han sido y siguen siendo un gran apoyo para mí. ¡Qué bonito es saber que el amor nos mantiene unidos, aunque nuestros caminos sean diferentes!

Mi agradecimiento de corazón a mi Congregación, las Siervas de Jesús, por ser mi hogar y mi familia, por acompañarme en mi vocación y confiar en mí durante todos estos años. Gracias por cada destino, cada comunidad y cada persona que ha dejado huella en mi vida, ayudándome a madurar en mi entrega y a aprender a amar un poquito más.

Siempre he deseado entregarme por completo al Señor y poner mi vida a su servicio. Sé que que tengo defectos y limitaciones, pero solo Dios conoce la sinceridad de mi entrega, mis luchas y mis esfuerzos por amarle y servir a los demás.

Mi deseo ha sido siempre vivir con sencillez y amor el carisma de nuestra Santa Madre Fundadora, y hoy sigo pidiendo al Señor la gracia de permanecer fiel a esta vocación hasta el final.

La obediencia me ha llevado por distintos lugares en los que he ido descubriendo nuevas formas de vivir y amar nuestro carisma.

Zaragoza fue mi primera experiencia de apostolado con los enfermos, en hospitales y domicilios. Allí aprendí la importancia de cuidar, acompañar y llevar consuelo a quienes sufren, intentando ser una pequeña presencia del amor de Jesús.

Después llegó Logroño, donde, además de estudiar, colaboraba en la residencia durante las vacaciones y tuve mi primer contacto con las personas mayores.

Más adelante fui destinada al centro de día de Tolosa. Para entonces ya había aprendido a querer mucho a las personas mayores y a descubrir todo lo que podemos aprender de ellas. Detrás de cada rostro y de cada cana hay una historia, alegrías, sufrimientos y toda una vida que merece ser escuchada, respetada y amada.

Actualmente, en este centro de día de Murcia, me siento verdaderamente feliz compartiendo la vida con las personas mayores e intentando ofrecerles cariño, compañía y todo aquello que pueda hacerlas sentir queridas.

Aquí he conocido personas estupendas y he tenido la oportunidad de acudir a Lourdes con enfermos y hospitalarios de la Hospitalidad Murciana, cuyo lema, «Dar, amar, servir y olvidarse», expresa muy bien el espíritu de entrega que deseo vivir.

A pesar de lo que cuestan los cambios, he aprendido que esos desprendimientos nos ayudan a crecer, a confiar más en Dios y a comprender que es Él quien va mostrándonos el camino.

Al comenzar el año de mis bodas de plata, deseaba prepararme de una manera especial. Quería que no fuera solo una celebración, sino una oportunidad para detenerme, mirar mi historia desde Dios y agradecerle cuanto ha hecho en mí. Por eso, preparé una oración personal para rezarla cada día y mantener vivo mi agradecimiento.

Animada por mis hermanas de comunidad, viví también la experiencia de un mes de Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Fui con el corazón abierto y el deseo de encontrarme con el Señor de una manera más profunda, sin saber muy bien qué me esperaba.

Fue un tiempo especial de silencio, oración y encuentro con Dios. Pude repasar mi historia, recordar las alegrías.