Hna. Consuelo Meléndez Galván, SdeJ
Comunidad de Dajabón, República Dominicana

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo…» (Lc 1,46-51).

Él ha hecho proezas con su brazo en mi vida. Nosotras no hemos llegado hasta aquí por nuestras propias fuerzas; Él nos ha mantenido en este camino, solo por su bondad.

En el transcurso de mi historia de salvación, he palpado cómo, paso a paso, momento a momento, segundo a segundo, Él me ha acompañado, identificándome, transformándome, sosteniéndome y haciendo de mi vida una historia con Él, en la que he encontrado rostros con nombre, personas con las que he caminado y que han formado parte de mí.

Estos testigos nos muestran cómo Dios ha tocado sus vidas a través de nosotras. Y eso es muy significativo, porque nos damos cuenta de que Dios continúa su obra por medio de nosotras.

¡Cómo no agradecer a nuestro buen Dios! ¡Cómo no hacer un canto de alabanza por tantas gracias recibidas!

Sé que mi vida ha sido rica en todo. Rica en dolor, gozo, alegrías, sanación, restauración y redención. Pero, sobre todo, en el amor y la fidelidad de Dios.

Cuando miro mi vida y todo lo que he vivido con Jesús, me pregunto: ¿qué viste en mí, Señor? ¿Qué te place mantenerme contigo? ¿Qué ves en mí, cuando yo veo mi pobreza tan grande y que a veces pesa tanto?

Y, aun así, sigues apostando por mí, rescatándome y mostrándome tanto amor, tanto perdón.

Sí, grande es mi pobreza, pero veo mayor tu amor. Ante esta realidad, mi corazón descansa confiado, sabiendo que Él está y ve por mí. Y llega a mi corazón la frase de san Pablo: «No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (cf. Ga 2,20).

No solo estoy agradecida a Dios, sino también a tantas hermanas nuestras que han hecho camino conmigo y que han formado parte de mi historia de salvación. Llevo parte de ellas en mi corazón y en mi vida.

A ellas agradezco su apoyo, su paciencia, su cariño y ese amor de hermanas que está por encima de mis limitaciones humanas y que trasciende no solo mis defectos, sino también mis fracasos, luchas y triunfos.

Antes me daba miedo comenzar un año nuevo y entregarle esa hoja en blanco de mi vida. Ahora ya no. Aunque en algún momento sienta el dolor, su presencia a mi lado es permanente, consolándome y arropándome.

Me considero un milagro de Él. Porque, por mis propias fuerzas, al mes me hubiera ido. Pero Él ha tomado mi vida como su propiedad y ha ido sorprendiéndome a cada momento.

Y cuando miro hacia atrás, solo veo de mí una hoja escrita por el dedo de su amor.

Gracias, Jesús.