Una Sierva de Jesús
Carta a nuestra Santa Madre María Josefa
Madre querida, Santa María Josefa del Corazón de Jesús:
Hoy nuestro corazón se llena de gratitud al mirar tu vida, tu entrega silenciosa y aquel “sí” generoso que ofreciste al Señor sin reservarte nada para ti. Gracias, Madre, por haberte dejado moldear por el Corazón de Cristo, por permitir que Él hiciera de tu vida una llama viva de caridad para la Iglesia y para los más pobres y enfermos.
Gracias por tu fe firme cuando llegaron las dudas, por tu fortaleza en las dificultades, por tu fidelidad cuando el camino parecía oscuro. Tú no buscaste reconocimientos ni grandezas humanas; solo quisiste amar, servir y consolar a Jesús en el rostro doliente de los hermanos.
Nos enseñaste, Madre, que el verdadero amor no consiste en palabras hermosas, sino en gastarse cada día por los demás, en el silencio de una sala de hospital, en la noche de vela junto a la cabecera del enfermo, en las manos cansadas que sostienen otras manos, en la sonrisa ofrecida cuando el alma también conoce el cansancio.
Tú fuiste verdaderamente madre. Más madre que superiora. Madre cercana, sencilla y humilde. Madre capaz de inclinarse ante el dolor humano para aliviarlo con ternura y compasión. Y hoy te pedimos que nos enseñes a amar así.
Enséñanos, Santa Madre, a abajarnos ante el sufrimiento de quienes nos rodean; ante el enfermo que espera consuelo, ante el anciano que teme la soledad, ante el niño necesitado de cariño, ante las familias que llegan heridas y cansadas, ante quienes llaman a nuestras puertas buscando un plato de comida, una palabra de esperanza o simplemente alguien que los escuche.
Haz que sepamos descubrir a Jesús en cada persona que encontramos en nuestros hospitales, en los comedores populares, en los centros asistenciales y en cada rincón donde la caridad nos reclama. Que nunca pasemos de largo ante el dolor ajeno y que nuestro corazón permanezca siempre atento y disponible.
Madre querida, tú que tantas noches velaste junto a los enfermos, acompaña también nuestras noches de entrega silenciosa. Cuando el cansancio apriete, recuérdanos que cada sacrificio ofrecido con amor tiene un valor inmenso ante Dios. Enséñanos a entregar nuestro corazón por la salvación de las almas, como tú lo hiciste, haciendo de cada pequeño acto cotidiano una ofrenda agradable al Señor.
Gracias por habernos mostrado el camino del Corazón de Jesús, fuente inagotable de ternura y misericordia. Gracias por enseñarnos que servir es reinar y que amar hasta el extremo es la verdadera felicidad del alma consagrada.
Y gracias también, Madre, por habernos dejado bajo la protección amorosa de María y de San José. Que ellos custodien siempre nuestra vocación, nuestras comunidades y nuestra misión, para que jamás se apague el fuego de la caridad que tú encendiste.
Hoy, tus hijas queremos decirte que seguimos caminando contigo. Que tu espíritu continúa vivo allí donde una hermana sirve con alegría, donde una mano enjuga lágrimas, donde un corazón se entrega sin medida.
Ruega por nosotras, Santa María Josefa, para que aprendamos cada día a amar y servir desde el mismo Corazón de Cristo.



