Sor Rocío Alcalde, SdJ

 

Sor Rocío Alcalde celebra sus 25 años como Sierva de Jesús

En este día de acción de gracias, tan especial y tan hermoso, lleno de gozo interior y de mucha felicidad, doy gracias a todos por haberme acompañado.
Como dice el canto: “Encontrarme contigo, Jesús de Nazaret, es la dicha más grande de mi vida.”
Verdaderamente, me doy cuenta de que es lo más hermoso que me ha podido pasar: encontrarme con Jesús. Mejor dicho, que el Señor me encontró.

Por eso, doy gracias a Dios, principalmente: a Dios que me pensó, me creó, me llamó y me consagró para seguirle; gracias porque se fió de mí; gracias por su inmenso amor y su infinita misericordia, que siempre me han acompañado a lo largo de mi vida, en estos 25 años.

Gracias a mis padres, que me criaron en la fe católica y me enseñaron a amar a Dios sobre todas las cosas. Ellos, que ya gozan en el cielo, desde allí estarán intercediendo por esta hija suya.

Gracias a mis hermanos y a toda mi familia, que cuando voy a visitarlos siempre me motivan y me aconsejan para seguir siendo fiel a la vocación que Dios me ha regalado. Gracias por todo el apoyo que recibo de mis familiares.

Muchas gracias a mi querida Congregación de Siervas de Jesús de la Caridad.
Doy gracias a todas las Madres, Hermanas, sacerdotes y demás personas que me han ayudado a caminar para ser fiel a mi vocación de Sierva de Jesús. Gracias por sus consejos y por haberme dedicado su tiempo para escucharme; gracias porque supieron acogerme en los momentos difíciles que todos tenemos. Gracias porque siempre encontré la ayuda que necesité en mi Congregación, en mis superiores y en mis Hermanas.
Gracias a la comunidad en la que vivo ahora.
Agradezco a los sacerdotes que, de una u otra manera, también me han acompañado a lo largo de estos 25 años, y gracias a todas esas personas que, en el silencio, con su oración y con su buen ejemplo de vida, me han ayudado, me han motivado, me han estimulado a caminar y a ser fiel a esta vocación.

Reconozco que he llegado a estos 25 años no por mis propios méritos, sino por la ayuda —principalmente— de Dios, que nunca me ha abandonado. Él es fiel siempre, a pesar de mis infidelidades y de las debilidades que haya podido ver en mí.

Que el Señor derrame su bendición sobre todos: en toda mi Congregación, en cada Sierva de Jesús, en todas las personas que, de una u otra manera, nos ayudan. De mi parte, les ofrezco mi pobre y humilde oración. Les tendré presentes ante el Señor, para que les bendiga y recompense cuanto me han ayudado.