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Ángel Moreno,

Buenafuente del Sistal

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: “Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza”. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza. El Señor le dijo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos. He bajado a liberarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel (Ex. 3,2-8).

INTRODUCCIÓN

Hay momentos en los que el ánimo se sobrecarga y se debe mirar el horizonte para no sucumbir en la congoja personal o solidaria presentes. En nuestra época abundan los sufrimientos, los rasgones y espinas de la vida, las heridas que en algunas circunstancias asfixian la razón misma de la existencia.

En el fenómeno de la zarza ardiente se encuentra el mejor símbolo en el que fundar la esperanza cristiana, reveladora del misterio de Dios. Moisés se acerca a ella descalzo, sin afán de dominio. Así, ante la realidad de los hechos, tantas veces verdadero incendio social o interior, solo cabe la reacción humilde del que contempla, de una manera sensible y abierta, las noticias, y en medio del fuego emocional, que produce la catástrofe o la contrariedad, el infortunio y hasta la muerte inesperada de un ser querido, surge una voz, una llamada, un tanto desconcertante, pero clarificadora, que trae alivio y paz, luz en la tiniebla. La voz interior dice: “Descálzate”.

El brillo fascinante de la zarza ardiente, la llama de fuego que ensimisma, su calor, son efecto del incendio que se produce en la leña más áspera. La esperanza no se sostiene con los bienes ya en la mano, sino por la promesa de disfrutarlos. Así, en la combustión, no es posible poseer la llama o se apaga o se quema al acercarse. La zarza ardiente marca el inicio de la liberación del pueblo de Israel. Los Padres de la Iglesia han visto en ella la profecía de la maternidad Virgen de María, el comienzo de la restauración de la Alianza. “He venido a prender fuego en la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! (Lc. 12,49). En Pentecostés se posarán lenguas de fuego sobre los Apóstoles, nacimiento esperanzador de la Iglesia, comunidad que prolonga la presencia del Espíritu entregado por Jesús.

Un incendio es temible cuando, incontrolado, destruye los bosques, las cosechas y hasta las casas. Pero cuando se prende la lumbre en el hogar se asegura su habitabilidad. Es señal de casa abierta, habitada, acogedora. Los rescoldos, la lumbre, las brasas en la chimenea son expresión de amistad, esperanza de vida. ¡Como embelesa el fuego!

LA GAVILLA PARA LA HOGUERA

Al querer reunir razones de esperanza en un tiempo de inclemencia, cabe imaginar, como la leña seca, los sarmientos podados, las ramas muertas, las historias vacías, sin aparente sentido, al quemarlas, se enciende el hogar, brilla la luz en la casa, se caldea la habitación, se cuece el pan en el horno, surge la conversación amiga, se extasía la mirada, se sosiega el alma, y el cuerpo entumecido por la humedad y el frío recobra su capacidad hacendosa. Las mejores vigilias siempre han sucedido al amor de la lumbre. La zarza es maleza, arbusto desechable, crecimiento de lo enojoso, estorbo en el huerto y, sin embargo, al quemarla se convierte en luz, calor, embeleso, crepitar fascinante, centro de reunión, fiesta, llamada. Pero, ¿cómo convertir la maleza interior o social en hogar?

La esperanza es como la zarza ardiente, brilla en lo más aparentemente contrario, donde nadie imagina que pueda descubrirse un sentido positivo. El secreto del hombre, de quien vive confiado en medio de las paradojas y de las pruebas, es su propia zarza ardiente. Que se percibe como aliento ilusionado, llamada secreta, fuego del corazón. San Buenaventura decía que al fin de cuentas hay que preguntarle “no a la luz, sino al fuego”.

Cabe una interpretación espiritual de la zarza ardiente. En situaciones emotivas internas, irresistibles, se suele exclamar: “llevo una espina clavada”, “me arde el estómago”, “tengo las espaldas ardiendo” (Sal. 37,8). Allí donde los demás descubren desgracia, catástrofe, contrariedad, mala suerte, se yergue la llama de fuego, el impulso noble, testigo de la confianza, la moción por la que se reinterpreta e ilumina todo dentro de uno mismo. Vendrán tiempos difíciles, noticias adversas, debilidades consumadas por la fragilidad, y en el corazón de cada acontecimiento, en el centro mismo del zarzal, surge un fuego transfigurador, incandescente, la esperanza que da el sentido a la vida, en el yo más profundo, pues la identidad del ser no identifica con lo que se hace sino con lo que se es. “Un corazón con llamas de fuego puede ser un símbolo elocuente que nos recuerde el amor de Jesucristo” (Dilexit Nos 54).

ARDE Y NO CONSUME

La manifestación divina, en el fenómeno extraño de la zarza ardiente, no consume ni destruye. La esperanza nunca desgasta energía, no se afirma sobre cenizas de frustraciones, ni de consumismos ansiosos. Arde, pero no devora. Alienta y no destruye. Se trata de un incendio misterioso. Nuestras expectaciones humanas se agotan cuando van pasando los días sin conseguir el anhelo. La esperanza, virtud teologal cristiana, fuego que ilumina de manera sorprendente la vida, no produce hastíos, ni escorias. Siempre arde, mantiene la luz inextinguible, y transfigura lo áspero y seco de la vida. Es don sagrado por el que en medio de la tribulación cabe decir: “Bendito sea Dios”. Los discípulos de Emaús lo reconocen, dentro de su escepticismo. “Y se dijeron al uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc. 24,32). La llamada conversión de San Pablo es descrita como teofanía luminosa: “Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: “Saul, Saul, ¿Por qué me persigues?”. Dijo él: “¿Quién eres, Señor?”. Respondió: “Soy Jesus, a quien tu persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer”. (Hc. 9,3-6).

Quienes creen en la esperanza, se convierten, como Moisés, en los mejores compañeros de camino, guías y maestros, ¡tan necesarios en tiempos de inclemencia! La esperanza es un don de alguna manera inexplicable, como el fuego en la zarza, pero significa la razón de emprender constantemente la andadura hacia la tierra de la promesa, de la felicidad. ¡Cómo ayudan las personas positivas, animosas, que saben sacar mérito y virtud de la contrariedad! “Lo enseñaba muy bien San Vicente de Paúl cuando invitaba a sus discípulos a pedir al Señor “ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese Corazón del Hijo de Dios, el Corazón de Nuestro Señor, que nos dispone a ir como el iría… y nos envía a nosotros como a ellos (los Apóstoles), para llevar a todas partes su fuego” (Dilexit Nos 207).

Siempre son tiempos ásperos y difíciles, de sucesos violentos y oscuros; además, cada persona tiene la percepción inmediata de su propia debilidad e incoherencia. Se podrán señalar las faltas ajenas y hasta los errores de la misma Iglesia, cabe quedar afectado por la propia historia, mas en centro del zarzal, de manera inexplicable, arde el fuego de la esperanza, de aquéllos que a pesar de todo creen, aman y esperan, y se dicen: “Todo suceden para bien.” No es que la luz o el calor de fuego ayuden a comprender las contrariedades, sino que las mismas desgracias, las adversidades con mermas de sentido, las enfermedades, y hasta el propio pecado se vuelven zarzal en llamas. Dicen que los mejores versos se han escrito en los momentos más recios: “Adonde te escondiste amado y me dejaste con gemido” (San Juan de la Cruz), y las notas más líricas en circunstancias dolorosas. El salmista reconoce: “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus decretos” (Sal 118,71).

Pero, ¿cómo convertir la zarza, la maleza, la contrariedad, lo adverso, la propia debilidad en teofanía? San Pablo afirma: “Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces, soy fuerte” (2Cor. 12,10). Jesús dice (a Santa Margarita Mª): “Mi Divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros, que te descubro” (Dilexit Nos 119). El amor de Jesús es la razón del fuego iluminador en la adversidad.

EL FUEGO DE LA ANTORCHA

La esperanza no se inventa, surge y acompaña. No es costosa, acontece. No atrapa, envío. No hay vocación sin ella. Si hay don es para alguien, nunca para uno mismo. “Vete a mi pueblo y sácalo de la esclavitud”. Este mandato, recibido por Moisés desde la llama de fuego, autentifica el don, que cuando es verdadero, siempre se da en favor de los demás. “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (1Cor. 12,7).

Desde fuera no se entiende la razón por la que un joven deja todo y se consagra a Dios. Ni porque alguien o una familia probados no se rompen, y esperan. A lo largo de la vida, muchos acontecimientos se interpretan como si fueran semejantes a las zarzas por los elementos molestos, negativos e hirientes que conllevan. La obediencia reclama la humildad, que tantas veces es fruto de la prueba y hasta de la fragilidad sentida. El humilde brilla como una luz en la noche.  Aquel que quiere descubrir el sentido de su propia vida, tiene que acercarse descalzo al zarzal que arde y no se consume dentro de él mismo.

MAS ALLÁ DE LA LÓGICA

Con la sola razón no se entiende que lo adverso se convierta en luz. Aquello que en la vida se llama desgracia se puede convertir en fuego iluminador, ardiente, experiencia sagrada desde la que nace el impulso de entregar la vida, de caminar hacia una meta con rumbo y orientación, con la fuerza inexplicable, que solo conoce el que ve arder sin consumir la zarza de la contrariedad. La vocación se oye muchas veces en medio de paradojas.

Con criterio puramente humano, con los ojos que se fijan únicamente en la adversidad, salta el impulso de cortar la zarza, de arrancar la higuera. Las zarzas molestan, la higuera estéril no sirve para nada, mejor arrancarlas.

Cuando, ante los acontecimientos de la historia, se sabe aguardar, y ante los impactos negativos se mantiene la actitud esperanzada, aunque se tenga que pasar veinte años solo en el desierto, al final todo se convierte en motivo para evidenciar la acción divina, que hace proezas con su brazo en favor de su pueblo. “Yo os he conducido cuarenta años por el desierto; no se os gastaron los vestidos que llevabais ni se os estropearon las sandalias de los pies” (Dt. 29,4).

EL AMOR DE LA ZARZA ARDIENTE

El símbolo de la zarza ardiente será una imagen reveladora permanente. La zarza es un arbusto que pincha; es difícil que no quede arañado quien se acerca a ella. Probablemente, no hay arbusto más desdeñado que la zarza. Cuando invade el huerto estorba para el cultivo, es hiriente y molesta. Hace difícil la limpieza de la tierra. Son siempre incómodas. En la parábola del sembrador, son causa de que no fructifique la semilla. Y, sin embargo, la voz de Dios se escucha en una zarza ardiente. Que la providencia convierta la pobreza y el pecado en experiencia fascinante de fuego interior, que desborda en esperanza y en servicio, por encima de cualquier adversidad.

 

 

Zarzal de la vida, áspero y pinchoso,

arbusto de huerto abandonado en ribazo perdido

o en acequia salvaje que ya nadie abre para riego.

No sirves para nada, si hieres tanto.

Quizá solo existes por lo difícil que es eliminarte.

Quien lo intenta, no puede.

Aun arrancándote de raíz, retoñas,

si cabe, con mayor fuerza.

Espinas contrarias a toda complacencia,

quien se os acerca se lastima y sangra.

Eres, zarzal, maleza destinada al fuego.

¡Y de pronto, por un extraño portento,

te conviertes en llama que arde y no consume!

Leña detestable de todas mis bajezas.

Combustible imperecedero que se incendia

en luz fascinante, revelación y llamada

en el hondón del ser.

El dolor de la pobreza y de la desgracia

enciende en la mirada el horizonte.

No entiendo ni tengo más razones

que me expliquen la causa del suceso.

Ardes y ardes zarzal de mis torpezas,

y de tanta debilidad humana.

No quemas ni consumes, más eres fuego.

A la zarza encendida yo no puedo acercarme,

extraña paradoja, que embelesa mis ojos.

El dolor del alma arde y no consume.

Pasión de la vida que no cesa

y en ella resuena la voz del invisible:

“Saca a mi pueblo de la esclavitud”.

Rendidas las preguntas y descalzados los pies,

la zarza irradia calor y luz en medio del Misterio.

 

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