Siervas de Jesús de la Caridad

Una vez resucitado, Jesús dirigió repetidas veces este saludo a sus discípulos: “La paz esté con vosotros”. Este saludo, fruto de su Resurrección, llega hoy a nuestro tiempo como una palabra profundamente actual. En un mundo convulso, marcado por la violencia, la incertidumbre, las guerras y la división, este deseo de paz se hace más necesario que nunca. Es un clamor que brota desde lo profundo del corazón humano, impulsado por un anhelo sincero de reconciliación y esperanza.

Desde hace veinte siglos, la Iglesia revive cada año la Semana Santa, la “Semana Grande” para todos los que creemos en Cristo. Es un acontecimiento siempre nuevo, que cada uno puede acoger personalmente, porque en él se realiza la obra redentora para la salvación de todos. Jesús entregó su vida por cada uno: por ti y por mí. Todos somos destinatarios de este misterio de amor.

Dentro de esta semana, el centro es el Triduo Pascual, en el que Cristo culmina su obra a través de su Pasión, Muerte y Resurrección. Estos días nos conducen al gran anuncio: Cristo vive. Como proclama el pregón pascual:
“Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino!”

¿Qué más nos pudo dar Jesús?

“Sabiendo Jesús que había llegado su hora… los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). No nos amó de palabra, sino con obras. Para no dejarnos solos, instituyó la Eucaristía, perpetuando su presencia entre nosotros. Instituyó el sacerdocio, para que su sacrificio se hiciera presente en todos los tiempos. Nos dejó el ejemplo del servicio humilde y nos entregó su mandamiento nuevo: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

Sin embargo, este amor no fue comprendido por todos. Fue rechazado, calumniado y condenado. Cargó con la cruz, fue azotado, coronado de espinas y crucificado. Incluso después de muerto, su costado fue traspasado. Parecía que todo había terminado. Pero la Resurrección irrumpe con una fuerza que nada puede detener: ni la piedra, ni el sepulcro, ni la vigilancia humana. Aquí nace nuestra esperanza.

¿Quién ha comprendido la obra del Señor?

Al pie de la cruz permanecieron María, su Madre, algunas mujeres y el discípulo amado. En ese momento, Jesús nos entregó a su Madre como Madre nuestra (cf. Jn 19,25-27). De su costado brotaron sangre y agua: signos de vida, de Iglesia, de salvación. Jesús lo dio todo.

Y aun así, cuesta creer.

El misterio es grande y supera toda lógica humana. Solo desde la fe podemos acogerlo. A todos los bautizados se nos ha dado este don: fe, esperanza y caridad. Son los que nos permiten reconocer a Dios presente en nuestra vida.

La Resurrección desconcierta. Los discípulos no lo reconocen fácilmente: lo confunden con un hortelano, un forastero, un caminante. Pero cuando lo descubren, todo cambia: el corazón arde, la tristeza se convierte en alegría, la fe se fortalece y nace la misión.

El encuentro con Cristo resucitado transforma:
– enciende la fe,
– renueva la esperanza,
– fortalece el amor,
– construye comunión,
– impulsa a la misión.

Nos saca de nuestras seguridades y nos envía a anunciar la Buena Noticia, incluso en medio de dificultades.

Creer en la Resurrección cambia la vida. La muerte ya no tiene la última palabra. “Sepultados con Cristo, resucitamos con Él” (cf. Rom 6,4). Estamos llamados a la vida eterna. La Resurrección marca un antes y un después: ya no podemos vivir como antes.

Cristo da sentido a todo: a la alegría y al sufrimiento, a la luz y a la oscuridad. Él es nuestra paz, nuestra esperanza y nuestra felicidad. Vive y sale a nuestro encuentro hoy, como lo hizo con sus discípulos.

Miremos a María, la Virgen del “sí”. Permaneció fiel al pie de la cruz, en silencio y confianza. Su fe no vaciló. Supo esperar contra toda esperanza. En ella encontramos el modelo de una fe firme, que ve más allá de lo visible.

Pidamos al Señor que aumente nuestra fe para reconocerle en nuestra vida cotidiana. Hoy también nos dice:
“La paz esté con vosotros.”

Solo en Cristo encontramos la verdadera paz.

¡Feliz Pascua!