Nuestras hermanas Leyre, Blaise y Tatiane hicieron su profesión perpetua en Madrid y nos comparten los ecos que su «Sí al Señor», sus sueños y perspectivas. Ellas han anclado su respuesta en una esperanza que no defrauda.
Hna. Leyre Rubio Zaballa, SdJ
Profesión Perpetua
El día de mi Profesión Perpetua, el día 27 de abril, día de la Divina Misericordia, lo recuerdo como el día en que mi corazón y mi alma se llenaron de gozo, de un gozo que no se puede explicar en palabras, porque es tan hondo, tan profundo, sólo se queda el corazón en silencio y contemplando al Señor, no hay palabras que decir…
Cuando pronunciaba la promesa de los votos para siempre, mi corazón temblaba al sentir que me estaba consagrando a Dios para siempre, para toda la eternidad…sentí en ese momento, que estaba arrodillada ante la Santísima Trinidad, que, ante ellos, pronunciaba para siempre mi amor hacia lo eterno.
Y en el instante en que pusieron al anillo en mi dedo, sentí desde el fondo del alma, que ya, para el resto de mi vida, serviría y amaría a un solo Señor, a Jesucristo, el amor de mi alma…recuerdo que le dije mirando el Sagrario: “para siempre”, y tuve la certeza de que ya mi vida, desde ese instante se la entregaba por entero.
Sentí con una gran intensidad su Presencia en ese momento, estaba allí recogiendo mi promesa de amor por Él, estaba allí, recogiendo la promesa de entregarle mi vida, mi promesa de fidelidad y desde mi pequeñez y desde el barro que sé que soy, dejarme en sus Manos, aprender a dejar modelar mi vida para que Él haga su proyecto en mí, dejarme en sus Manos, para que pueda hacer de mí una verdadera esposa de Cristo, elegida para vivir en una intensa unión con Él, desde lo oculto, desde el silencio, desde una profunda vida de oración, en el cuidado de cada enfermo, en el cuidado de cada persona que ponga en mi camino, llevando sus gestos, su ternura, su consuelo, su paz…pero aprendiendo a hacer de cada instante una ofrenda a Él, un envolver en amor todo lo que haga, mirar mi vida desde un ofrecimiento continuo a Él, y me hace feliz poder hacerlo desde una vida sencilla, desde este carisma tan hermoso que tenemos de acompañar, cuidar y consolar al que sufre, desde una entrega silenciosa, sin buscar nada más que hacerlo para Él, y que cada persona a la que cuide, se sienta querido, sienta la calidez de la presencia del Señor en mí.
Para mí, hacer la Profesión Perpetua, supone, además de recibir el mayor tesoro que la vida me ha podido regalar, mirar el mundo con unos ojos nuevos, con un corazón nuevo, con una mirada hacia sólo el Señor, y sentir que desde ahora, mi vida tiene un verdadero sentido, porque al sentir que soy esposa de Cristo, es haber encontrado el motivo que llena realmente mi corazón y hace que cada día, mi vida, tenga un motivo que me llena de gozo, un destino al que llegar, una eternidad a la que mirar…me siento como María, cuando le decía : “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc. 1:38), por lo pequeña que me siento, pero porque quiero que desde ahora, mi vida, aunque se va aprendiendo al caminar, quiero que sea eso, hacer su voluntad, vivir en sus manos y no buscarme a mí, sino descubrir y cumplir su voluntad, no fallarle, que mi vida sea para agradarle, que se sienta amado por mí, que le haga amar en los demás, vivir arrodillada a los pies del Sagrario, y no abandonarle nunca…hacer de mi vida una donación a Él, un interceder por la humanidad, un derramar la existencia para su presencia al mundo, hacer de mi vida un amarle cada día más…
Y de la mano de esta hermosa congregación, de la mano de las tantas hermanas que han sido un testimonio de vida para mí, que me han enseñado a descubrir el gran valor de ser religiosa, el gran valor de entregar la vida por amor, que han dejado una huella imborrable en mi vida, que me han acompañado en mi caminar, que me han descubierto lo maravilloso que es el amor del Señor, lo maravilloso que es amar a aquellos que va poniendo en nuestro camino, que sin saberlo, han sido mi luz, me han cogido de la mano para seguir caminando, que con sólo su testimonio sencillo de cada día, han sostenido mi vocación y me han enseñado a amar, a ser una mejor persona.
¡Gracias, hermanas, por haberme enseñado a amar a Dios, por haberme enseñado el valor de lo pequeño, por haberme enseñado a amar desde el silencio, pero con la mirada y el corazón puestos en el Señor, por haberme enseñado que vale la pena derramar la vida a cada instante por amor! Gracias Señor por el don de mi vocación.
Hna. Blaise Madeleine Nang Binimin, SdJ
“El Señor ha mirado la humillación de su esclava…” (Lc. 1:48)
Mi alegría es desbordante, brota de lo más profundo de mi corazón y mi oración es que permanezca hasta la Eternidad…
Gracias a toda la Congregación, especialmente a nuestra Madre General, la Madre Martina, la Madre María Jesús, su delegada y a la Madre Socorro, Superiora Provincial; sin olvidar a las madres y hermanas de cada respectiva comunidad que contribuyeron a hacer de esta ceremonia algo suntuosa y memorable… Sientan mi agradecimiento Madres por los detalles y oraciones. Que el Señor las recompense.
El 27 de abril del 2025, día de mi sí definitivo a Jesús es histórico para mí. La ceremonia fue muy solemne, éramos tres para hacer los santos votos de castidad, obediencia y pobreza de manos de la Madre María Jesús Gómez. La Misa también fue emotiva, presidida por Don Nacho López-Vivie Nonell acompañado por otros tres Sacerdotes, a las 17 horas, en la Capilla de la casa provincial de Madrid. La homilía me recordó tanto de mi filiación a Cristo como su amada como de mi misión de sierva; siguiendo a Jesucristo, sirviendo a los más vulnerables y marginados de la sociedad, amándolos como Cristo nos ama. También me conmovió profundamente el momento en que el padre nos entregó el anillo, el crucifijo y la corona…
Recuerdo de ese día un encuentro personal y definitivo con el Señor, que me reconfirmó una vez más su fidelidad y su amor y a quien respondí sí, como María.
Gracias Señor.
Hna. Tatiane Flore Wankwo Sandjong, SdJ
¿Qué significó para mí la profesión perpetua?
“Señor no soy nada, ¿por qué me has querido? Has pasado por mi puerta, y bien sabes, que soy pobre y soy débil, ¿por qué te has fijado en mí? Me has seducido Señor con tu mirada, me has hablado al corazón y me has querido. Es imposible conocerte y no amarte, es imposible amarte y no seguirte, me has seducido Señor.” Me valgo de estas letras de un canto que bien expresan lo que una siente.
Voy a volver unos meses antes, porque hace tiempo que yo vivía la espera de ese día con más intensidad, con mucha alegría y en plenitud. Concretamente, desde los meses de octubre y noviembre en los que hemos tenido la preparación. Qué momento tan bonito y precioso. Desde ahí mi corazón tenía como ese fuego ardiente que me quemaba de ganas para dar ese paso, de decir “SΊ” al Señor PARA SIEMPRE. Cada momento, cada segundo, cada cosa que yo vivía, cada palabra de ánimo que yo escuchaba, era una gozada. Solo pensar que voy a realizar esta entrega de mi amor pasando de novia a esposa de un GRAN REY, que es el mismo DIOS, es maravilloso. Entonces, para mí, la llegada de ese día tan esperado era una alegría y gozo inmenso, era lo esperado y mi deseo firme de hace mucho tiempo.
Cuando encuentras la perla preciosa, hay que guardarla firmemente. Al dar este paso, lo que quiero expresar es que he encontrado mi perla, he encontrado lo que me hace feliz, he encontrado “Aquél” que nunca me dejará sola y cuidará de mí. Es ponerme en sus manos para lo que quiera de mí como Sierva de Jesús, es decir, “tú y yo Señor, para siempre”. Qué ganas e ilusión tengo de escuchar a Jesús al final de mí vida terrena decirme: “Entra hermosa mía y recibe la corona que te tengo preparado”.
Estoy tan agradecida a todas las Madres y hermanas que me han hecho tan feliz desde la víspera y el mismo día de la fiesta, con tantos detalles, con cariño y con los mismos cantos. Gracias Señor por amarme tanto. Ya sabes todo y sabes que te quiero. Gracias a todas y que Dios las bendiga. “Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes Él ha llamado según su propio designo”. (Cfr. Rom. 8:28).



