Rvdo. Padre Miguel Ángel Gil Castro, CMF

Capellán – Siervas de Jesús de la Caridad, Madrid

Contemplamos hoy esta imagen que tantas veces hemos visto. Pero hoy, Viernes Santo, la miramos con los ojos del corazón. En el centro, Cristo crucificado. El INRI sobre su cabeza. Sus brazos abiertos no son los de un vencido; son los de alguien que abraza. Que nos abraza a nosotros. Pero esta imagen nos dice algo antes de mirarlo a Él contemplemos a quienes la rodean desde los lados: el Viernes Santo no es una sorpresa. Es el cumplimiento de una promesa.

Isaías está aquí con su pergamino: “Él cargó con nuestro sufrimiento.” Lo escribió siglos antes. Dios ya lo había visto, ya lo había prometido. Este hombre en la Cruz no es víctima de la historia; es el Siervo que libremente cargó con todo lo nuestro. Con nuestros cansancios, nuestras enfermedades, nuestras dudas. Ya están en sus hombros.

El rey David nos recuerda que el dolor humano tiene voz ante Dios. Jesús hará suyos sus salmos de lamento desde la Cruz. La oración no siempre es serena. A veces es un grito. Y Dios lo escucha. El Arcángel Gabriel sostiene su pergamino: “Ave María.” ¡Qué conexión tan honda! Todo comenzó con ese saludo, con ese “sí” de María en Nazaret. El mismo que fue anunciado en el vientre de una muchacha es el que hoy salva al mundo. La Encarnación y la Redención son un solo misterio de amor. Gabriel nos recuerda: desde el principio, Dios quiso estar con nosotros.

El Arcángel Miguel, el príncipe de los ejércitos celestiales, el que vence al mal está aquí como testigo de que esto no es una derrota. Es la victoria definitiva. Lo que parece la hora del mal es la hora en que el mal es vencido para siempre. Miguel no blandirá ya su espada; Cristo, con los brazos abiertos, ha hecho lo que ninguna espada podía hacer. Y en el centro, el Crucificado. Al pie de la Cruz, los que permanecieron.

María, su madre, inclinada, quebrada de dolor. Ella que dijo “sí” en la Anunciación -ese mismo “sí” que Gabriel trajo- hoy lo renueva aquí, y este “sí” le cuesta todo. La maternidad espiritual que el Señor nos da desde la Cruz nace en el corazón partido de una madre. Vosotras, Siervas de Jesús, Habéis nacido de ese “sí” repetido en el dolor. ¿Sois capaces de repetirlo hoy? Juan, el discípulo amado. El único de los Doce que está. Los demás huyeron. Juan permanece, no porque sea más valiente, sino porque el amor le retiene. La fidelidad no siempre viene del coraje; a veces viene sencillamente de no poder marcharse. ¿Cuántas veces vuestra fidelidad ha ido así? Sin heroísmo, sin grandes palabras. Solo quedándose.

María Magdalena, postrada al pie de la Cruz. Ella que había sido perdonada mucho, ama mucho. Su lugar no es mirar desde lejos: su lugar es estar cerca. Las que habéis recibido mucho del Señor, las que conocéis su misericordia desde adentro, sabéis que no podéis estar en ningún otro lugar que al pie de la Cruz. Y está también el soldado con su lanza. Longinos tradicionalmente. Un hombre que vino a confirmar una muerte y sin quererlo abrió una fuente. Del costado traspasado de Jesús brotó agua y sangre. Los Padres de la Iglesia han visto ahí el nacimiento de la Iglesia, el don del Bautismo y la Eucaristía. A veces, como ese soldado, somos nosotros los que llegamos con dureza, con distancia, con la lanza en la mano, y sin embargo Él sigue dando. Su corazón abierto no espera que seamos perfectos para derramarse. Brota. Siempre brota.

Hermanas, cada una de vosotras, de nosotros, es hoy uno de estos personajes. Hay días en que somos María, fiel en el dolor. Otros días somos Juan, que simplemente se queda. Otros días somos David, solo capaces de gritar desde el dolor. Pero la promesa de Isaías es siempre cierta: Él cargó con nuestro sufrimiento. Venimos hoy a hacer lo único que se puede hacer al pie de la Cruz: quedarnos. En silencio. Y dejar que sus brazos abiertos nos abracen.

Señor Jesús, aquí estamos, al pie de tu Cruz. Como María, queremos decirte que sí, aunque no entendamos, aunque duela. Como Juan, queremos quedarnos contigo, sin huir de tu misterio, sin buscar otro lugar. Como Magdalena, solo podemos ofrecerte lo que tú mismo nos diste: el amor que recibimos de ti. Carga hoy, Señor, con todo lo que somos. Con nuestras fatigas y nuestras alegrías, con nuestras dudas y nuestra fe pequeña. Que tu Cruz no sea para nosotros un recuerdo del pasado, sino el lugar donde hoy te encontramos vivo. María, que permaneciste, ruega por nosotros. Amén