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Sor Ma. Itziar Elguea Isasi
Sierva de Jesús

Jesús no promete paraísos terrenales. Habla claro:

“Ven conmigo. Niégate a tus gustos, para adoptar los míos, mis intereses, mi forma de pensar, de dar gloria al Padre… y tendrás la vida eterna.”

Comienzo estas reflexiones con la alegría de reconocer que el Señor me ha permitido compartir con vosotras “lo que he visto y oído” hace tanto tiempo, pero que no tiene fecha de caducidad. Como todas las cosas de Dios, que son vivas como Él mismo, nos introducen en su vida y nos permiten gustar un poco de sus dones y de su realidad.

La canonización de M.ª Josefa Sancho de Guerra se produjo en el tiempo, un 1 de octubre del año 2000, hace 25 años. Estoy segura de que ninguna de las que tuvimos la fortuna de participar en ella lo hemos olvidado. Hablando actualmente con mis compañeras de comunidad de aquellos días, allá en Roma, aunque ahora ya nos encontremos esparcidas por muchas comunidades de España y del extranjero, todas conservamos los recuerdos vivos y nítidos, como si los acabáramos de vivir.

Qué días aquellos: ¡qué emociones, alegrías y trabajos también, por qué no! Todo nos hacía sentirnos una piña, colaborando para que aquella celebración, que tanto había costado, llegara finalmente a buen puerto. Todas coincidimos en que fue uno de los momentos más intensos y hermosos de nuestras vidas.

¿Y qué puedo decir? ¿Cuál fue la mayor impresión recibida y que recuerdo con mayor claridad?
Sin duda, el momento de la celebración de la Eucaristía, cuando el Papa habló con la autoridad que requería el caso. Voy a explicarlo un poco para que comprendamos su alcance.

Hay dos momentos en el ritual de la Iglesia en que el Papa habla “ex cátedra”, es decir, con la autoridad recibida de Dios: en la definición de un dogma de fe y en la canonización de un santo. No puede haber aquí ni confusión, ni ambigüedad, ni error. Dios es el que habla, y Él es la Verdad.

En medio de la ceremonia, llegado el momento, se interrumpe la celebración eucarística. El postulador pide que el cristiano propuesto sea proclamado santo, y después de leer la biografía y el milagro atribuido a su intercesión, el Papa —en este caso Juan Pablo II—, con el báculo en la mano, signo del poder recibido por Cristo, lee la fórmula ritual:

“Con la autoridad del Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de la mía propia,
DECLARAMOS Y DEFINIMOS que María Josefa del Corazón de Jesús, Sancho de Guerra,
goza de la gloria de Dios, y por lo tanto, la Iglesia la inscribe en el catálogo de los Santos.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.”

“Declaramos y definimos”: las palabras clave. El dogma de fe. Nadie podrá borrarlo ya nunca. Tengo que decir que, después de oír esa declaración, no pude contener las lágrimas. Era la culminación de una vida gastada por la gloria de Dios, un camino recorrido en fidelidad, y la confirmación de un carisma recibido que se hace extensivo a “muchos”, como en las palabras de la consagración eucarística.

Muchos.
Muchos años.
Muchos apostolados.
Muchas personas que participan de él.
Muchos a los que hay que llegar.
Muchos a los que hay que contagiar y entusiasmar, para que M.ª Josefa siga viva a través de nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón… y el fuego que ella recibió siga vivo y activo.


El carisma de servir a los enfermos que recibió M.ª Josefa no quedó enterrado en ella. Todas las Siervas de Jesús lo recibimos, incrustado en nuestra alma. Se hace vida en nosotras. Nos lleva a seguir a Jesús con nuestras muchas o pocas fuerzas. A seguir tras Él. A escuchar su voz:

“El que quiera venirse conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga.”

Jesús no promete paraísos terrenales. Habla claro:

“Ven conmigo. Niégate a tus gustos, para adoptar los míos, mis intereses, mi forma de pensar, de dar gloria al Padre… y tendrás la vida eterna.”

Puede que al principio nos parezca estupendo, incluso romántico. Pero el día a día es duro, monótono, tedioso y, sobre todo, muy largo. A veces sentimos ganas de mirar atrás, como los israelitas en el desierto, y nos acordamos de lo que hemos dejado. La cruz se transforma en unos votos de pobreza, castidad y obediencia que traen consigo todo aquello que jamás se nos había pasado por la cabeza.

Necesitamos un salvavidas para no ahogarnos. Hay que buscarlo.
Recuerdo que, el día de nuestra profesión perpetua, la representante de Santa M.ª Josefa nos dijo muy clarito:

“Si cumples todo lo que has prometido al Señor, yo, en su nombre, te prometo la vida eterna.”

El salvavidas de nuestra existencia es la Palabra de Jesús.


La santidad de nuestra Madre Fundadora ya no nos pertenece a nosotras solas, ahora es de la Iglesia. La humanidad ha de beneficiarse de ella. El fuego de la calle de la Ronda (Bilbao) no se ha apagado, y continuará vivo mientras haya una Sierva de Jesús que no tema gastar su vida como M.ª Josefa.

Es cierto que la sociedad ha cambiado. Las personas también.
Pero Cristo es el mismo de siempre.

Ser santo no es un juego. Nunca lo fue.
Ni antes, ni ahora.


El recuerdo de los 25 años de la canonización de M.ª Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, en un Año Jubilar, como el que estamos celebrando ahora, nos llama a la fidelidad:
al Señor, al carisma que ella nos transmitió, a los pobres, enfermos y necesitados. Nos recuerda que el hombre tirado en la cuneta de la parábola no es una historia lejana.

Tirados en la cuneta los hay en todas partes.
Cercanos y lejanos.
Los noticieros nos los muestran de continuo.
Y, tal vez, de tanto verlos… ya no nos impresionan.

No hagamos como el sacerdote ni el levita de la parábola del Buen Samaritano.
El samaritano se remangó, sacó aceite y vino para curar al herido, lo montó en su burro y “cuidó de él”.

Nada de romanticismos.
Nada de discursos bonitos.
El Evangelio no dice si habló, pero sí nos cuenta lo que hizo.
Lo mismo que hizo M.ª Josefa toda su vida.