Sor Rosmery Ramona Álvarez Madera, SdJ
El pasado 10 de septiembre se cumplían 25 años de mi vida consagrada. La comunidad quiso celebrarlo conmigo como un día especial de alabanza, acción de gracias, comunión y fiesta, compartido con la familia, las demás comunidades, los Laicos Siervos de Jesús, el personal y algunos amigos.
El tiempo ha pasado rápido y, a la vez, siento detrás de mí una historia de muchos días, rostros, lugares, experiencias… y en todo, como razón y fundamento, la llamada de Dios, su atracción, su fidelidad y su amor sobre mí. He hecho memoria agradecida, he rezado en esta perspectiva jubilar y encontré tres claves para recoger este tiempo, que comparto con ustedes: gracias, gracia y gracia tras gracia.
“Gracias” porque vivo en la respuesta a un amor recibido. El Señor me ha permitido vivir en la confianza de que Él me ha amado desde siempre: me ha bendecido, elegido, creado y llamado. Él se ha desvelado, se ha ofrecido, ha derrochado su Amor en mí. Vivo en la sorpresa y alegría de saberme criatura sostenida y cuidada por Dios. La presencia del Padre, la compañía del Hijo y la intimidad del Espíritu son mi identidad. Esta certeza de su presencia conmigo, en mí, es la tierra sobre la que puedo caminar, correr y danzar sin miedo.
“Gracia” porque me fue fácil reconocer que el modo que me correspondía, según he sido hecha, para responder a tanto Amor, era el camino de la consagración religiosa. Desde el día que esta vocación se alumbró en mí —al principio como una intuición y luego como un torrente—, sentí una inmensa alegría interior, una identificación, un reconocimiento de que yo estaba hecha para ello. ¡Sí, yo le pertenecía a Dios en un sentido esponsal!
Y por eso el camino, a pesar de haber tenido luchas, sombras y estrecheces, ha sido gracioso, sembrado de signos, pequeños regalos cotidianos, confirmaciones: ¡gracia tras gracia!
Una de estas gracias importantes ha sido mi familia, donde recibí el don de la vida y de la fe. Mi comunidad de la Conversión, cada hermana —las mayores, que han caminado conmigo desde el inicio— y todas en general, son las personas que el Señor ha puesto en mi camino para caminar tras sus huellas. Sin ellas no habría sido posible llegar hasta aquí y gracias a ellas puedo continuar. Soy hija de la gracia, y por eso:
“¡Te doy gracias, Padre, porque has revelado todo esto a los que son pequeños, como María!”
Expreso todo esto antes de compartir mi experiencia vocacional como Sierva de Jesús de la Caridad. El Señor se vale de los medios que Él quiere para su llamado. Yo era una joven que pertenecía a un grupo carismático con el diácono Nicolás Rodríguez. Vivía sirviendo, evangelizando, pero sentía que el Señor tenía algo más para mí: ser completamente para Él. Así se encendió la llama de la vocación y, como los discípulos, vine, vi y me quedé.
Gracias doy a Dios por darme la vida, por elegirme, por llamarme para permanecer a su lado y servirle con amor a todos los que me rodean. Cada persona tiene una historia única, pero en cada apostolado he podido experimentar la presencia de Dios mostrándome su rostro. Y al reconocerlo, puedo decir con plena seguridad que es aquí donde puedo vivir respondiendo a la pregunta:
¿qué hace que permanezcamos en comunión, amistad y amor de Dios?
Gracias doy al Instituto por haberme abierto las puertas y brindado la oportunidad de pertenecer a él. Agradezco desde la Madre General hasta la más pequeña de la Congregación, por los diferentes apostolados que me han sido confiados. Y, repitiendo tres de sus máximas, hago memoria agradecida:
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“Más vale un átomo de humildad que una montaña de buenas obras. El alma verdaderamente humilde siempre cantará victoria.”
(Máxima que leí el día de mi experiencia) -
“Procuren que la consagración perpetua que han hecho al Señor sea cada día más perfecta por el fiel cumplimiento de los santos votos. ¡Qué felicidad tan grande deben sentir al considerarse consagradas perpetuamente a Dios! Muchos son los beneficios que el Señor nos concede en la vida religiosa, pero este creo que supera a todos.”
(El día de mis primeros votos) -
“Mi vida está en Dios y es para Dios: no la deseo para nada más.”
(El día de mi profesión perpetua)
Agradezco a Dios por todas las personas que ha puesto en mi camino animándome, en especial a la Hermana Dolores Dulanto, promotora vocacional en ese momento y la primera que conocí en la celebración de los 15 años de mi mejor amiga, y a la Madre Laura Pacheco, superiora de la comunidad en el Oncológico de Santiago de los Caballeros, República Dominicana.
10 de septiembre de 2025



