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Roma,
Siervas de Jesús de la Caridad

El 8 de enero de 1886, el Papa León XIII se dignó concedernos la aprobación pontificia de nuestro querido Instituto de las Siervas de Jesús de la Caridad. Han pasado 140 años, pero para nosotras, las Siervas de Jesús, sigue siendo un acontecimiento vivo y vivificador, que hace resonar en nuestro interior estas palabras:
«Albricias, Madre, albricias, Te Deum Laudamus» (Heroína de la Caridad, p. 300).

Inevitablemente, este recuerdo hace latir nuestros corazones al unísono y, al mismo tiempo, nos eleva a una plegaria común, pronunciada con todo el corazón: Gracias, Señor.

A pesar de los muchos años transcurridos, no nos cansamos de volver una y otra vez a este hecho que nos avala como Instituto Religioso en todos los sentidos, tanto en nuestra vocación como en nuestra misión en la Iglesia. Así lo recoge nuestra crónica:

«Nada tan grande pudiera haber para el corazón de la Fundadora como esta singularísima gracia que el Sacratísimo Corazón de Jesús, a quien tan fervientemente se la había pedido, acababa de concederles por medio de su representante en la tierra. Llegó el documento pontificio a nombre de la Madre Fundadora; ésta lo abrió con grande emoción y, al leer su contenido, inundado su pecho de gratitud y llenos de lágrimas los ojos, cayó de rodillas ante el Crucifijo, pues ni un paso más se atrevió a dar hacia el Sagrario, por temor de que alguna religiosa sorprendiera su dulce estremecimiento y descubriera, por lo encendido del rostro, que algo desacostumbrado le acontecía. Guardó el preciado documento entre sus papeles y, más aún, entre los pliegues de su corazón.»

Dos días pasaron en este religioso silencio, que tan palmariamente demuestra el gran dominio que la Madre tenía sobre los movimientos de su corazón, a la par que revela su profundísima humildad. Al tercer día llegó a la Casa Madre el venerado Director, el señor Ibargüengoitia, que venía a la hora fijada para confesar a la comunidad. La Madre salió a recibirlo y, sencillamente, le dijo:

Padre, esto se ha recibido de Roma —entregándole el mencionado documento.

Al leerlo, exclamó:
¿Cuándo ha recibido usted esto?

Hace tres días —contestó humildemente la Madre.

¿Pero lo sabrá al menos la comunidad?

No, Padre, no; me pareció que yo no era digna de comunicárselo; que eso le pertenece a usted.

Aquel austero y fervoroso sacerdote no supo qué admirar más: si la llegada del Breve o la profunda humildad con que se presentaba aquella criatura en los momentos en que pudiera sentirse exaltada por la Iglesia al aprobar y ensalzar su obra.

Albricias, Madre, albricias; Te Deum Laudamus —dijo.

Reunió inmediatamente a la comunidad en el oratorio y, después de leer el Breve en presencia de todas, entonó el himno de acción de gracias. Mientras tanto, la Fundadora enjugaba sus lágrimas de gratitud, y las demás, erguidas, seguían el canto como quien recibe el celestial rocío
(cf. Heroína de la Caridad, pp. 299–300).

Nunca mejor dicho que «todo es gracia». Este júbilo y alegría general de las Siervas de Jesús se ha extendido en el tiempo y en el espacio hasta el día de hoy. Dios, en su infinita bondad, nos cuida como un verdadero Padre, solícito y providente en todo momento ante las necesidades de sus hijas.

Por un lado, se nos llena el corazón de gozo y gratitud por haber llevado a plenitud esta obra cuyo fin es la mayor gloria de Dios y la santificación de las almas; y, por otro, nos desafía a entregarnos cada vez más al servicio de Dios y de nuestros hermanos más necesitados. Y nos preguntamos:
«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (cf. Sal 115,3).

Solo nos queda arrodillarnos en humilde agradecimiento al Dios de bondad y ponernos en plena disposición suya, confesando de palabra y de obra que «todo lo podemos en Cristo que nos fortalece» (Flp 4,13).

«Para Dios no hay nada imposible», decía el ángel Gabriel a la Virgen María en la Anunciación (cf. Lc 1,37). Gracias a Santa María Josefa, que nos inculcó tan hondamente la confianza en Dios, aprendimos a dejarnos en sus manos como meros instrumentos, sin poner obstáculos de nuestra parte, para que Él pueda seguir realizando su obra entre quienes viven en el mundo del dolor: la enfermedad, la ancianidad y la indigencia.

Henos aquí, Señor,
dando gracias por la vida y la misión de nuestra Congregación.
En nuestro camino diario,
sé nuestra guía, fortaleza y protección.

A todas las Siervas esparcidas por el mundo,
dirige tu mirada y derrama tu bendición.
Como Santa María Josefa,
seamos alivio y esperanza en nuestro entorno.

Tú, oh Dios, conoces nuestro barro,
nuestras torpezas y carencias.
Sin embargo, te llamamos Padre,
no solo porque nos enriqueces,
sino porque queremos ser tuyas.

Ser tus siervas, ser tus instrumentos,
ponerlo todo en tus manos,
buscando tu gloria y el bien de nuestros hermanos,
son nuestros deseos.

Gloria y alabanza te sean dadas.
Que te bendigan todas tus siervas
por la oración y las obras,
para que fructifiquen en la salvación de las almas.

Amén.