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Hna. Kristine Tabo y Hna. Robelyn Teves
Siervas de Jesús – Provincia Sta. María Josefa

«Sirvan al Señor con generosidad, hagan las cosas por puro amor, nunca por temor ni por la esperanza del premio; por temor obran los esclavos, por la recompensa los criados, y por amor solo los hijos de Dios».
(Santa María Josefa)

Somos Hna. Kristine y Hna. Robelyn, del noviciado de la Provincia de Sta. María Josefa, Filipinas, de la Congregación de las Siervas de Jesús de la Caridad. Después de más de dos años de preparación, nos tocó experimentar la misión de nuestra Congregación como parte de nuestra intensa formación espiritual y apostólica.

Al cumplir el primer año de nuestro noviciado, comenzamos haciendo nuestra misión en Manila, donde nuestra comunidad se dedica al cuidado de los ancianos en una residencia para personas mayores. Inevitablemente, sentimos una mezcla de miedo y alegría. Durante el mes que duró nuestra misión en la residencia, aprendimos muchas cosas nuevas gracias a la orientación y el ejemplo de Madre Concepción Heras y las hermanas de la comunidad. Nos enseñaron la diferencia entre una religiosa y una cuidadora, no solo en lo que respecta a la atención y el cuidado de los residentes, sino también el distintivo de nuestro carisma: la salvación de las almas. Es decir, no solo cuidamos del cuerpo, sino también del alma y el espíritu.

Los momentos que compartimos con ellos nos permitieron ver y sentir los sufrimientos y dificultades de las personas en sus últimos años de vida. Algunos experimentan soledad, abandono, rechazo y otros sentimientos similares. Cuando reconocemos estos signos, tratamos de brindarles una dulce sonrisa y, con nuestra paciencia y gestos de cariño, hacerles sentir valorados, incluso en esta etapa de sus vidas.

Después de terminar nuestra estancia en la residencia, fuimos a Iriga, la Casa Provincial, donde experimentamos diversos tipos de apostolado: la pastoral de la salud, visitando y llevando la comunión a los enfermos en sus hogares; cuidar a los niños en nuestra guardería; ayudar a la hermana en el dispensario, donde acuden enfermos pobres o de bajos recursos económicos; y acompañar a las hermanas en sus visitas pastorales a la unidad de hemodiálisis de nuestro hospital. Tanto las madres como las hermanas nos apoyaron mucho y nos dieron continuamente consejos sobre la misión, teniendo siempre como telón de fondo el fin principal de nuestra vocación: la santificación de las almas. Ante todo y sobre todo, llevar a Dios a sus vidas y acercarles a Él.

Después de nuestra misión en Iriga, regresamos al noviciado en Virac para continuar con nuestra formación y participar en los diferentes apostolados de la comunidad: llevar la comunión a los enfermos en sus hogares, visitas pastorales en los hospitales (preparar a los pacientes para recibir los sacramentos, ayudar al capellán a dar la comunión), colaborar con las hermanas en el dispensario y en el programa de alimentación en un colegio y en un barrio.

En todo esto, no solo se alimenta o se cuida el cuerpo, sino también el alma, a través de los sacramentos, de nuestra presencia y testimonio, enseñándoles a rezar y colaborando con el párroco, que imparte breves catequesis y celebra la Eucaristía de vez en cuando, especialmente durante los tiempos litúrgicos fuertes.

Al fin y al cabo, nos dimos cuenta de que, al ir a la misión, damos esperanza a los demás, llevándoles la presencia de Cristo, predicando la Buena Nueva de la salvación más con nuestros gestos que con nuestras palabras. Cuando vamos a la misión, ya no somos nosotras, sino que vamos en nombre de la Iglesia y de la Congregación, que sigue viviendo con Amor y Sacrificio el carisma dado como don a Santa María Josefa.

Al acudir a la cabecera de los enfermos, no solo nos damos, sino que también recibimos mucho de ellos, especialmente la alegría de servir al Señor a través de ellos, siendo la mano, los pies, los oídos y los ojos de Jesús, que dijo: “Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25,40)