Fredelyn Padayao, postulante
Siervas de Jesús de la Caridad
Virac, Filipinas
El Señor nos llama cuando menos lo pensamos y de una manera única y personalizada. Cuando mi madre se unió al coro de nuestra parroquia, mi historia vocacional comenzó. Como solía acompañarla todos los domingos, con el tiempo yo también me convertí en miembro del coro. Allí sentí atracción por los monaguillos que llevaban los vasos sagrados, necesarios para la celebración de la Eucaristía. Entonces le dije a mi madre que quería ser como ellos porque «parecían estar mucho más cerca de Dios». Con su permiso, me sometí a un proceso de formación catequética para aprender todo lo que necesitaba saber. Estaba muy feliz y emocionada por este nuevo cometido, especialmente durante mi instalación como monaguillo, cuando me pusieron la sotana por primera vez.
Este ministerio me permitió desarrollar un amor íntimo por la Sagrada Eucaristía y, con la providencia de Dios, fui elegida presidenta de la asociación. Gracias a ello, tuve la oportunidad de conocer diferentes congregaciones de vida religiosa y asistir a sus catequesis. Una de ellas me invitó a la ciudad de Naga para participar en unos encuentros de discernimiento, a los que accedí porque estaba buscando una respuesta a las preguntas que brotaban de mi corazón, como esta: ¿por qué siempre lloro delante del Santísimo Sacramento en la capilla de adoración? Además, le decía a Jesús: «Siento haberte hecho esperar». Al principio, ni yo misma lo entendía, porque era muy joven en aquella época.
En mi instituto, el párroco celebra la Misa todos los viernes. En una de estas ocasiones, le acompañaban otro sacerdote y un grupo de monjas de diferentes congregaciones. Dos de ellas eran de las Siervas de Jesús: la hermana Juanita y la hermana Tu (vietnamita), aunque no tuve tiempo de acercarme a ellas porque estaba ocupada guardando los vasos sagrados después de la Misa.
Un día me sorprendió que el párroco me llamara para ir al convento de la parroquia, y allí vi a las Siervas de Jesús: la hermana Juanita, la Madre Leonora y Ángel, una postulante. Tuvimos una hermosa conversación en la que me explicaron su apostolado. También me consolaron y animaron a seguir el deseo de mi corazón, y terminé haciendo una experiencia en su convento para ayudarme a discernir mi vocación.
Cuando nuestro párroco me llevó al convento, inmediatamente me sentí «como en casa», como si fuera una más de la familia, participando en las tareas domésticas y en sus ejercicios espirituales diarios, como la Eucaristía, el santo Rosario, la meditación, el compartir el Evangelio, etc. Me enfrenté cara a cara con la realidad de ser monja y me enamoré de ella, a pesar de que requiere mucho sacrificio. A partir de ese momento, decidí quedarme y no volver a casa. Recé fervientemente para que mis padres me dejaran entrar, ¡y mi oración fue escuchada! Dios me mostró que, si le confío todo, nunca me abandonará. Al comenzar mi camino en la vida consagrada, con todos sus altibajos, todo me da alegría y paz, incluso en la toma de decisiones.
En julio de 2025, todos los miembros del noviciado viajamos a la casa provincial, en la ciudad de Iriga, para asistir a la reunión de despedida en honor de nuestra antigua superiora provincial, que fue elegida vicaria general. Nuestra estancia, prevista inicialmente para dos días, se prolongó hasta casi tres meses, lo que ha sido una experiencia muy enriquecedora para mí, ya que pude aprender muchas cosas de nuestras hermanas profesas y experimentar los diversos apostolados de esa comunidad, como ayudar a las hermanas a cuidar a los niños en la guardería, acompañarlas en sus visitas pastorales al departamento de hemodiálisis (donde traté de consolar a los enfermos) y llevar la comunión a los ancianos y enfermos en sus hogares.
Y llegó el momento de dar el siguiente paso en mi vida religiosa, que era comenzar el postulantado. Di gracias al Señor por este precioso regalo, este nuevo comienzo, en el que le confío mi «sí» a Él. Sin duda, sé que siempre me sostendrá con su gracia. Gracias sean dadas al Señor, Dueño de la mies.
«No hay nada más hermoso ni más grande que estar consagradas al Señor por los Santos Votos Religiosos; pero es necesario que nos demos cuenta de ello y nos portemos como requiere la consagración que hemos hecho al Señor.»
(Santa María Josefa)







