Siervas de Jesús,
Archivo general
El crecimiento de la Congregación de las Siervas de Jesús en los primeros años de su existencia planteó muy pronto una cuestión fundamental: la necesidad de un espacio adecuado para sostener la vida comunitaria y la expansión apostólica. La pequeña casa de la calle de la Ronda, donde había comenzado la obra de Santa María Josefa, había sido suficiente para los inicios. Sin embargo, hacia 1876 la comunidad contaba ya con dieciséis religiosas y el número de vocaciones continuaba aumentando. Paralelamente, las asistencias a los enfermos daban abundantes frutos espirituales: conversiones, muertes santamente preparadas y un reconocimiento creciente del servicio silencioso de las hermanas. Todo indicaba que la joven congregación estaba entrando en una fase de consolidación y expansión.
El P. Mariano José, estrecho colaborador de la fundadora en sus decisiones más importantes y director-confesor de la naciente comunidad, percibió con claridad esta situación durante una de sus visitas a la casa de la Ronda. Sin necesidad de grandes palabras, comprendió que la obra había superado las dimensiones materiales de su primera morada. El crecimiento de la congregación exigía una nueva casa que permitiera desarrollar adecuadamente la vida común: un lugar donde las hermanas pudieran reunirse, compartir la jornada y fortalecer el espíritu de familia que sostenía su misión. No obstante, la búsqueda de una nueva residencia debía enfrentarse a una dificultad evidente: la precariedad económica de la comunidad.
La solución llegó de forma providencial a través de una red de amistades, sobre todo Don Mariano y su amigo don Vicente Martínez, convencidos de la urgencia de la situación, recurrieron al sacerdote don Leonardo Zabala. Este les habló de una anciana penitente suya, doña Teresa de Abarrategui, que vivía en una amplia casa solariega en la calle de la Naja, junto a la ría de Bilbao. Doña Teresa, mujer de carácter sencillo y profundamente religiosa, aceptó recibir a las Siervas en su casa, cediéndoles la parte superior del edificio mientras ella continuaría residiendo en el primer piso. Para la anciana, la presencia de las religiosas representaba también una forma de compañía en los últimos años de su vida.
El traslado se realizó en 1878. En la nueva casa se habilitó inmediatamente un oratorio, bendecido por el P. Mariano, que se convirtió en el centro espiritual de la comunidad. Poco después se descubriría la profundidad de la generosidad de doña Teresa: en su testamento había dejado la casa y la finca de la Naja a las Siervas de Jesús. Durante los dos años que vivió con ellas, hasta su muerte en 1880, la benefactora fue atendida personalmente por Santa María Josefa, quien comprendía que aquella donación constituía un paso decisivo para el futuro de la congregación.
La casa de la Naja presentaba las características propias de una antigua casa-torre, con una amplia huerta que se extendía hasta la calle de San Francisco. El jardín y los árboles frutales ofrecían a las hermanas un espacio de descanso después de las largas jornadas de asistencia a los enfermos. Su ubicación, además, resultaba estratégica en el Bilbao de finales del siglo XIX, cuyo núcleo urbano continuaba concentrándose en torno a las Siete Calles de la villa histórica.
Sin embargo, la estabilidad de esta nueva etapa no tardó en verse amenazada. En 1883 el Ayuntamiento de Bilbao aprobó un proyecto de urbanización que implicaba la expropiación de diversos terrenos para abrir nuevas calles. La finca de las Siervas quedó afectada por esta decisión, y a pesar de las gestiones realizadas por Santa María Josefa y sus amigos, la comunidad perdió finalmente la huerta que tanto valor tenía para su vida cotidiana. La pérdida fue dolorosa, pero la fundadora la interpretó a la luz de la providencia divina: el jardín desaparecía, pero la casa permanecía, destinada a convertirse en el centro de formación y expansión de la congregación.
La situación se agravó pocos años después. Hacia 1890 la antigua casa-torre mostraba claros signos de deterioro estructural. Los muros se agrietaban, los techos se desplomaban y fue necesario apuntalar diversas partes del edificio. A la vez, el número creciente de novicias hacía evidente la necesidad de una reforma profunda. Para Santa María Josefa, sin embargo, la decisión no era sencilla. Su profundo espíritu de pobreza le hacía temer que una obra de tal magnitud pudiera contradecir el ideal evangélico que deseaba vivir y transmitir a sus hijas.
Finalmente, tras consultar a la comunidad y valorar la gravedad de la situación, se decidió emprender la reconstrucción completa del edificio. Los planos fueron encargados al arquitecto Joaquín Rucoba, amigo de las hermanas, y en abril de 1891 comenzaron las obras. La antigua casa fue demolida y el terreno, situado en una colina, tuvo que ser nivelado mediante explosiones controladas. Durante todo el proceso las hermanas permanecieron en la propia casa, sin otro lugar al que trasladarse, viviendo entre andamios, vibraciones y cristales rotos.
Las dificultades económicas acompañaron todo el proyecto. La congregación carecía de recursos estables y los salarios de los obreros debían pagarse puntualmente. Ante esta situación, las hermanas comenzaron a pedir limosna por las casas de Bilbao. La respuesta de la población fue extraordinaria. Durante veinte años las Siervas habían cuidado a los enfermos de la ciudad sin pedir nada a cambio, y ahora los vecinos correspondían con generosidad. Incluso los más pobres contribuían con pequeñas cantidades, recordando la ayuda recibida en otros momentos.
Paralelamente a la reconstrucción de la casa, Santa María Josefa concibió el proyecto de edificar también una iglesia. Su profunda devoción a San José la llevó a dedicar el templo al Tránsito del Patriarca, un título particularmente significativo para la misión de la congregación, dedicada a acompañar a los enfermos y prepararlos para una muerte cristiana. El arquitecto Rucoba modificó entonces sus planes iniciales para levantar una iglesia de estilo gótico, con coro alto y bajo para las religiosas y una tribuna destinada a las hermanas enfermas.
La ampliación del proyecto supuso también un notable incremento del presupuesto. La Diputación de Bizkaia contribuyó generosamente a la obra, y entre los benefactores destacó especialmente doña Casilda de Iturriza, viuda de Epalza. A pesar de los temores iniciales, Santa María Josefa mantuvo siempre una profunda confianza en la providencia, a la que llamaba el “Banco de la Providencia”. Gracias a la combinación de ayudas institucionales, donaciones particulares y la constante postulación de las hermanas, la construcción pudo completarse.
Las obras se prolongaron durante tres años sin que ocurrieran accidentes graves. Finalmente, en 1894 se concluyó la nueva casa y el templo fue bendecido por don Pedro Lorenzo Castañares, entonces Arcipreste, acompañado del clero de la Iglesia de San Vicente de Abando, del Director espiritual d la Comunidad y del Capellán. La consagración solemne de la iglesia tuvo lugar al año siguiente, el 7 de agosto del 1895, presidida por el Eminentísimo Sr. Cardenal D. Benito Sanz y Forés, arzobispo de Sevilla. Con este acontecimiento se cumplía uno de los deseos más profundos de Santa María Josefa.
La Casa Madre de la Naja se convirtió desde entonces en el corazón espiritual y organizativo de la congregación. Allí se formarían generaciones de nuevas Siervas de Jesús que, desde Bilbao, partirían a fundar comunidades por toda España y posteriormente por otros países. También sería el lugar donde la propia fundadora culminaría su camino de santidad y donde reposarían sus restos, hasta el día de hoy.
Más que un simple edificio, la casa de la Naja representó el arraigo definitivo de la congregación y el punto de irradiación de su carisma. Desde ese lugar, Santa María Josefa formó a sus religiosas en la “ciencia del amor y del sacrificio”, preparándolas para llevar consuelo y esperanza a los enfermos y a todos los que sufrían. La historia de esta casa muestra así cómo una obra nacida en la pobreza pudo crecer gracias a la confianza en Dios, la colaboración de muchos y el servicio generoso de unas mujeres dedicadas por completo al cuidado de los más necesitados.
🔍 Casa-torreón donada por Doña Teresa de Abarrategui a la Madre Fundadora y a la Congregación tras su fallecimiento.



