P. José L. Martín Pajares, SJ

Del don de la comunión proviene la tarea de la construcción de la fraternidad, es decir, de llegar a ser hermanos y hermanas en una determinada comunidad en la que han sido llamados a vivir juntos.

Algunas indicaciones útiles para alentar el proceso de una continua renovación evangélica de las comunidades partiendo de situaciones concretas.

La comunidad, realidad teologal

Toda auténtica comunidad cristiana, en su componente místico primario, aparece “en sí misma como una realidad teologal objeto de contemplación”. De ahí que la comunidad religiosa sea todo un misterio, que ha de ser contemplado y acogido con un corazón lleno de reconocimiento, en una límpida dimensión de fe.

Si se olvida

Cuando se olvida esta dimensión mística y teologal, que la pone en contacto con el misterio de la comunión divina presente y comunicada a la comunidad, se llega irremediablemente a perder también las razones profundas para “hacer comunidad”, para la construcción paciente de la vida fraterna. Esta, a veces, puede parecer superior a las fuerzas humanas y antojarse como un inútil derroche de energías.

El mismo Cristo, que los ha llamado, convoca cada día a sus hermanos y hermanas para conversar con ellos y para unirlos a sí y entre ellos en la Eucaristía, para convertirlos progresivamente en su Cuerpo vivo y visible, animado por el Espíritu, en camino hacia el Padre.

Tener tiempo para orar

La comunidad religiosa, como una respuesta a la invitación apremiante del Señor “velad y orad” (Lc. 21,36), debe ser vigilante y tomar el tiempo necesario para cuidar la calidad de su vida. A veces, la jornada de los religiosos y religiosas que “no tienen tiempo” corre el riesgo de ser demasiado afanosa y ansiosa, y por lo mismo puede terminar por cansar y agotar.

Oración litúrgica, Eucaristía

Una de las adquisiciones más valiosas de estos decenios, reconocida y estimada por todos, ha sido el redescubrimiento de la oración litúrgica por parte de las familias religiosas.

La celebración en común de la Liturgia de las Horas, o al menos de alguna de ellas, ha revitalizado la oración de no pocas comunidades, que han alcanzado un contacto más vivo con la Palabra de Dios y con la oración de la Iglesia.

En nadie, por tanto, puede debilitarse la convicción de que la comunidad se construye a partir de la liturgia, sobre todo de la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos. Hay que tener la preocupación de adquirir una conciencia, cada vez más profunda, del gran don de la Eucaristía.

Oración: fidelidad y perseverancia

La oración en común alcanza toda su eficacia cuando está íntimamente unida a la oración personal. La oración en común se ha enriquecido en estos últimos años con diversas formas de expresión y participación.

La oración en común, que reclama fidelidad al horario, exige también y sobre todo perseverancia. La fidelidad y la perseverancia ayudarán también a superar de forma creativa y prudente las dificultades propias de algunas comunidades, como la diversidad de tareas y, por tanto, de horarios, la sobrecarga de trabajo y las diversas formas de cansancio.

Cristo, modelo de unidad

“Llevad los unos las cargas de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo” (Gal. 6,2). En toda la dinámica comunitaria, Cristo, en su misterio pascual, sigue siendo el modelo de cómo se construye la unidad. El mandamiento del amor mutuo tiene precisamente en Él la fuente, el modelo y la medida, ya que debemos amarnos como Él nos ha amado. Y Él nos ha amado hasta entregar la vida. Nuestra vida es participación en la caridad de Cristo, en su amor al Padre y a los hermanos, que es un amor que se olvida totalmente de sí mismo.

No sin pasar del hombre viejo al hombre nuevo

Pero todo esto no proviene de la naturaleza del “hombre viejo”, que desea ciertamente la comunión y la unidad, pero no pretende ni quiere pagar su precio en términos de compromiso y de entrega personal. El camino que va del hombre viejo —que tiende a cerrarse a sí mismo— al hombre nuevo, que se entrega a los demás, es largo y fatigoso.

No sin liberación interior

Para vivir como hermanos y como hermanas, es necesario un verdadero camino de liberación interior. El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones, nos impulsa a amar a los hermanos y hermanas hasta asumir sus debilidades, sus problemas, sus dificultades; en una palabra, hasta darnos a nosotros mismos.

No sin la Cruz de Cristo

Nada como la Cruz de Cristo puede dar de un modo pleno y definitivo estas certezas y la libertad que deriva de ellas. Gracias a ellas, la persona consagrada se libera progresivamente de la necesidad de colocarse en el centro de todo y de poseer al otro, y del miedo a darse a los hermanos. Aprende más bien a amar como Cristo la ha amado. En virtud de este amor, nace la comunidad como un conjunto de personas libres y liberadas por la Cruz de Cristo.

No sin renuncia

Este camino de liberación, que conduce a la plena comunión y a la libertad de los hijos de Dios, exige, sin embargo, el coraje de la renuncia a sí mismos en la aceptación y acogida del otro, a partir de la autoridad. La comunión sin mística no tiene alma, pero sin ascesis no tiene cuerpo.

¿Solo consumidores de comunidad?

Es necesario que desde el principio se erradiquen las ilusiones de que todo tiene que venir de los otros y se ayude a descubrir con gratitud todo lo que se ha recibido y se está recibiendo de los demás. Hay que preparar desde el principio para ser constructores y no solo “consumidores” de comunidad, para ser responsables los unos del crecimiento de los otros, como también para estar abiertos y disponibles a recibir cada uno el don del otro, siendo capaces de ayudar y de ser ayudados, de sustituir y de ser sustituidos.

¿Realizarse en el individualismo?

Además, es necesario recordar siempre que la realización de los religiosos pasa a través de sus comunidades. Quien pretende vivir una vida independiente al margen de la comunidad, no ha emprendido ciertamente el camino seguro de la perfección del propio estado.

Mientras la sociedad occidental aplaude a la persona independiente, que sabe realizarse por sí misma, al individualista seguro de sí, el Evangelio requiere personas que, como el grano de trigo, sepan morir a sí mismas para que renazca la vida fraterna.

¿Comunidades ideales?

El ideal comunitario no debe hacer olvidar que toda la realidad se edifica sobre la debilidad humana, la “comunidad ideal” perfecta no existe todavía. La perfecta comunión de los santos es la meta en Jerusalén celeste. Nuestro tiempo es de edificación y de construcción continuas, ya que siempre es posible mejorar y caminar juntos hacia la comunidad que sabe vivir el perdón y el amor. Las comunidades, por tanto, no pueden evitar todos los conflictos. La situación de imperfección de las comunidades no debe descorazonar.

Para favorecer la comunión de espíritus y de corazones de quienes han sido llamados a vivir juntos en una comunidad, es útil llamar la atención sobre la necesidad de cultivar las cualidades requeridas en toda relación humana: educación, amabilidad, sinceridad, control de sí, delicadeza, sentido del humor y espíritu de participación.

Comunicarse para conocerse

En el proceso de renovación de estos años aparece que la comunicación es uno de los factores humanos que adquieren una creciente relevancia para la vida de la comunidad religiosa. Para llegar a ser verdaderamente hermanos es necesario conocerse. Para conocerse es muy importante comunicarse cada vez de forma más amplia y profunda.