Siervas de Jesús

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Santa María Josefa, ante la imagen de la Virgen del Carmen que regaló a Logroño.

Capilla antigua de nuestra primitiva casa en Logroño.

Madre Magdalena Galilei, segunda Superiora General y sucesora de la Santa en el gobierno de la Congregación.

En este mes de julio, aprovechando la fiesta del Carmen, recordamos una heroica fundación que en sus inicios y hasta hoy, tiene a la Virgen como patrona y modelo. Os contamos un poco su historia.

En el mapa fundacional de las Siervas de Jesús, Logroño no aparece como una parada menor ni como una fundación de trámite. Aparece, más bien, como uno de esos lugares donde Santa María Josefa deja ver con especial nitidez su manera de gobernar: con rapidez, con ojos de madre, con sentido práctico y con una fe absolutamente firme. La cronología de la Congregación sitúa la fundación en 1884“12 de septiembre: fundación en Logroño”. Y la reseña antigua de fundaciones, redactada desde dentro del Instituto, añade un matiz revelador: “En el año ochenta y cuatro / La epidemia apareció / Hermanas para Logroño / Le pide el Gobernador”. No fue, por tanto, un capricho expansivo ni un gesto de prestigio. Fue una respuesta urgente a una necesidad real.
Para entender la escena hay que mirar también el contexto. La España de aquellos años vivía bajo la Restauración de Alfonso XII, intentando recomponer su vida política mientras las ciudades crecían y la beneficencia pública seguía siendo insuficiente. La atención hospitalaria dependía todavía, en gran medida, de instituciones locales, juntas de caridad y congregaciones capaces de entrar allí donde el Estado no llegaba. La Rioja, tierra fecunda y comercial, tenía en Logroño una ciudad en movimiento, pero no por ello menos vulnerable a la enfermedad. De hecho, la propia biografía de la Santa subraya que en 1885 la epidemia de cólera se cebó con España, y que las Siervas se vieron pronto “en medio de los apestados”, dando comienzo a lo que el mismo libro llama “la saga de la caridad”, es decir, la entrega de la propia vida por los enfermos.

Mª Josefa no mandó a Logroño a cualquiera. Según Era más que un sueño, puso al frente del grupo fundacional a M. Magdalena Galilea, que ya era por entonces su secretaria y que, con el tiempo, sería también su sucesora en el gobierno de la Congregación. No es un detalle secundario. Dice mucho del valor que la Madre daba a aquella fundación. Cuando una superiora general envía a una de sus Hermanas de máxima confianza, está diciendo sin decirlo que allí no se juega una simple apertura de casa, sino una obra que necesita cabeza, nervio y espíritu. La misma fuente añade otro dato que la vuelve todavía más cercana: “Una semana después fue ella a ver cómo habían quedado las Hermanas”. Mª Josefa era así. No soltaba una fundación como quien deja una maleta en la estación. Iba, miraba, corregía, alentaba, confirmaba. Y, después de verlas, hizo una cosa tan pequeña y tan reveladora como mandar “una cesta de fruta a Bilbao, para que probaran las de la Naja los frutos de la tierra”. Una madre que funda, visita y además comparte. Así se construye una familia religiosa.

La carta de la propia Santa desde “Logroño, y en octubre de 1884” es uno de los documentos clave para asomarse a aquellos días. No teoriza. No embellece. Habla como quien acaba de volver de una casa recién abierta y todavía tiene las manos metidas en la tarea: “Les mando la última cesta por ahora, los melones para que merienden y los pimientos para cenar; si pudiera todo Logroño les mandaría, el cesto es para las hortelanas”. Y enseguida deja la frase que define toda la fundación: “Esta Fundación queda terminada; toda ella ha sido providencial, la Casa está muy bien arreglada con todo lo necesario y provisiones también para todo el año”. No es solo un juicio piadoso. Es una descripción material: la casa está bien arreglada, hay lo necesario, hay provisiones. En Santa María Josefa la Providencia nunca fue una palabra vaporosa; casi siempre entraba por la cocina, por el cuarto del enfermo y por la despensa.

La misma carta deja ver también el ambiente interior de aquellos días primeros. “Yo he pasado unos días felices, estas hermanas son unos ángeles”, escribe. Y añade una frase que, leída despacio, retrata a la vez su ternura y su exigencia: “no siento más que el tenerme que separar de ellas; en todo el tiempo que llevo en ésta, no tengo que acusarme de una impaciencia, ellas dicen que no han tenido materia de confesión; qué dichosas seríamos todas, si las Siervas de Jesús fuéramos buenas”. Está todo ahí: la alegría de la fundación, la vigilancia sobre el espíritu de las hermanas, la delicadeza con que mide incluso sus propias impaciencias, y ese tono maternal que nunca pierde la hondura sobrenatural. La casa de Logroño le ha dado paz, pero ella no se abandona a la complacencia; enseguida convierte la escena en lección para toda la Congregación.

Hay un último renglón de esa carta que debería leerse casi como la verdadera acta espiritual de la fundación: “Pidan a la Stma. Virgen se conserve esta Casa tal como la dejo”. Esa petición es preciosa porque revela el modo en que la Madre entendía una casa recién abierta: no bastaba con haberla instalado; había que custodiar su espíritu. Que la casa permaneciera “tal como la dejo” significaba mucho más que conservar el orden material. Significaba conservar el tono de caridad, la unión, la pobreza bien llevada, el sentido de misión, la paz interior. Significaba, en el fondo, que la fundación no se desfigurara con el tiempo.

La Santa, regala a la fundación de Bilbao una preciosa imagen de talle de la Virgen del Carmen; talla que se conserva en la casa de Logroño. En general, hay en el entorno congregacional una hacendada raigambre mariana. Aparece en los escritos la fuerte presencia de la devoción mariana (El Carmen) en las fundaciones y, en otros casos, la asociación de algunas casas a fiestas o advocaciones concretas. De manera significativa, la propia Madre, años después, escribiendo también desde Logroño, menciona la Iglesia de la Vega y promete: “pediré en la Iglesia de la Vega le conceda nuestra amadísima Madre cuantas gracias necesita para ser verdadera Sierva de Jesús”. No es el Carmen, pero sí es una prueba clara de que en Logroño la referencia mariana seguía viva en el corazón de la casa y en el lenguaje de la Santa.

Y entonces llegó la prueba. Porque casi ninguna fundación importante de Santa María Josefa nace en un clima apacible durante mucho tiempo. Era más que un sueño lo cuenta con sobriedad y fuerza: “Pronto contaron con enfermos que asistir, pero en especial, al desatarse la epidemia de cólera, en que trabajaron incansablemente”. El texto va enseguida a la escena dura: “Todo el pueblo estaba aterrado, y las Hermanas tenían que ocuparse de los barracones de coléricos, ya que el hospital era incapaz de contenerlos”. La ciudad necesitaba manos. Logroño necesitaba, sobre todo, mujeres capaces de entrar donde otros retrocedían. Ahí estuvieron las Siervas. No en la teoría de la misericordia, sino en la pieza infectada, en el barracón improvisado, en la fiebre, en el miedo, en el sudor de los enfermos.

La primera superiora de Logroño fue M. Carmen Iparraguirre, y su nombre quedó unido para siempre a esta fundación. La misma biografía señala que “murió el 1 de septiembre de 1885 víctima de la caridad, contagiada por el enfermo al que asistía”. La cronología del libro lo resume con una dureza lapidaria: “Empieza la saga de la caridad: dar la vida por aquellos que se asiste: Sor Providencia Recio en Miranda; Sor Carmen Iparraguirre en Logroño”. Esa frase debería quedar grabada en la memoria del Instituto. Porque Logroño no fue solo una casa providencial y bien provista. Fue también una casa regada con la sangre callada de una Sierva que murió asistiendo. El carisma, allí, se hizo cuerpo hasta el extremo.
Pero ni siquiera eso agotó la historia. La gracia siguió abriéndose paso. Los sacerdotes de la ciudad, dice la biografía, estaban convencidos “de que no había enfermo que se resistiera a las Siervas, cuando de prepararles para recibir los sacramentos se trataba”. Es una frase importantísima, porque muestra la percepción eclesial de la obra: las Siervas no eran solo enfermeras de emergencia ni servidoras de beneficencia. Eran mediación espiritual de primer orden en la hora decisiva. Y el relato añade un episodio extraordinario: “Hubo un caso en que nada más recibir el enfermo los sacramentos, curó repentinamente, siendo la salud del alma y del cuerpo tan completa, que se podía considerar un milagro.” La fundación de Logroño, por tanto, conoció desde sus primeros compases el dolor y el fruto, la muerte y la conversión, el sacrificio y la acción visible de la gracia.

La ciudad lo entendió. Y respondió. No con palabras vagas, sino con un gesto público: “El Ayuntamiento de Logroño, agradecido a la labor de las Hermanas, cambió el nombre de la calle en donde éstas vivían, llamándola Calle de las Siervas de Jesús.” Es un detalle urbano, administrativo, casi municipal; pero vale como símbolo. Cuando una ciudad da el nombre de una congregación a una calle, está reconociendo que aquellas mujeres han pasado de ser un grupo recién llegado a formar parte de su historia. Eso consiguió Santa María Josefa en Logroño en muy poco tiempo: abrir una casa, dejarla espiritualmente orientada, sostener a sus hijas, atravesar con ellas la epidemia y grabar en la memoria de la ciudad el nombre de las Siervas de Jesús.

Así fue Logroño: una fundación nacida por necesidad, consolidada con vigilancia de madre, interpretada por la propia Santa como obra “providencial”, probada por el cólera y sellada por la caridad heroica. Si queremos ver a Santa María Josefa en estado puro, no basta con mirarla en los grandes discursos. Hay que verla aquí: mandando a M. Magdalena Galilea, llegando una semana después, enviando cestas de fruta, revisando la casa, pidiendo a la Santísima Virgen que la conserve, y aceptando que el precio de aquella siembra podía ser, literalmente, la vida de sus hijas. En Logroño, como en tantas otras partes, la Madre no solo fundó una casa. Fundó una forma de estar en el mundo.