Sor Patricia M., SdeJ
Sor Patricia M. comparte su gratitud por unos días vividos en fraternidad, oración y esperanza durante la visita del Papa León XIV a Madrid.
Sor Patricia M., SdeJ, agradece la oportunidad de haber participado en la visita del Papa León XIV a Madrid junto a hermanas, Siervos Laicos y peregrinos de tierras murcianas. Su testimonio subraya la alegría de vivir esta experiencia como Congregación y como Iglesia, especialmente en la Vigilia, donde miles de personas adoraron en silencio al Santísimo Sacramento.
Quería comenzar dando las gracias por este gran regalo que se nos ha concedido: poder disfrutar de la visita del Papa León XIV a España.
También quiero agradecer a las Madres y Hermanas que han hecho posible este viaje. Gracias por todo el tiempo y el trabajo invertidos, preparando con ilusión, amor y sacrificio cada detalle para que un buen número de Hermanas, Siervos Laicos y peregrinos venidos de tierras murcianas pudiéramos disfrutar de estos días.
Agradezco igualmente a mi comunidad el gran esfuerzo realizado para que dos Hermanas pudiéramos participar en esta experiencia.
Han sido días vividos en fraternidad, con alegría y con el corazón lleno de gozo. Hemos compartido esta experiencia como Congregación, pero, sobre todo, como Iglesia.
Regresamos con la esperanza renovada al ver la respuesta de tantas personas que, al igual que nosotras, quisieron recibir con alegría y entusiasmo al Vicario de Cristo. Él nos ha animado a “alzar la mirada”, a aprender a mirar al prójimo con los ojos de Jesús, “con amor, respeto y compasión”, y a hacer vida el Evangelio.
Durante uno de nuestros viajes en metro, una mujer me compartía que solo Dios puede conseguir movilizar de tal manera a tanta gente. Y es verdad. Todos vibramos durante esos días unidos por un mismo Corazón, impulsados por el Espíritu.
Fue impresionante ver en la Vigilia a tantísima gente en silencio, en oración, muchos de rodillas, adorando al Santísimo Sacramento, mientras solo se escuchaba de fondo el ruido de los helicópteros.
Contemplar a tantas personas de diferentes edades, venidas de tantos lugares y de tan diversa condición, adorando con tanta unción a nuestro Señor, emociona y conmueve hasta lo más profundo.
Vivir estos días de tanta afluencia de gente sin ningún incidente, sin malos gestos, en paz, con gozo, como Pueblo de Dios, es signo viviente de una fraternidad que brota de nuestra condición de hermanos, de hijos de Dios.
Es algo que trasciende, que nos desborda y que no podemos dejar de compartir con los demás.
Una vez más, gracias.



