Sor Leyre Rubio, SdeJ

Hna. Leyre Rubio comparte cómo la cercanía del Papa León XIV, la alegría de la Iglesia reunida en Madrid y la fraternidad vivida con sus hermanas renovaron profundamente su entrega al Señor.

Durante la visita del Papa León XIV a España, Hna. Leyre Rubio vivió dos momentos especialmente intensos: el encuentro cercano con la mirada y la sonrisa del Santo Padre, que despertó en ella un nuevo impulso en su consagración, y la experiencia de una Iglesia viva, joven y reunida en las calles de Madrid. Un testimonio lleno de gratitud, alegría y deseo renovado de seguir caminando en la barca de la Iglesia.

Mi encuentro con el Santo Padre, el Papa León XIV, tuvo dos momentos llenos de inmenso gozo para mi alma. Han hecho de estos días una experiencia inolvidable, que ha tocado profundamente mi corazón.

El primero fue ver al Papa León tan cerca, cuando pasó por delante de nosotras. Fue solo un instante. Ese instante en el que me encontré con su mirada, con su sonrisa, con esa paz que irradia allí por donde pasa. Y, sin embargo, sentí que aquel instante había tocado mi vida.

Sentí un gozo parecido al que experimenté cuando recibí la llamada del Señor a seguirle: una alegría que parece iluminar el alma y que no se puede explicar con palabras. En ese momento supe, una vez más, que mi vida solo se la entregaría al Señor; que mi vida solo tiene sentido cuando le pertenece a Él.

Algo en mí se transformó entonces, aunque no fui plenamente consciente en aquel momento. Lo he ido descubriendo con el paso de los días, al recoger y mirar con calma lo que habitaba en mi corazón.

Creo que Dios se valió de ese instante para darme un nuevo impulso y renovar el sentido de mi consagración como Sierva de Jesús. Poco a poco, en este tiempo, y con tan poco recorrido todavía desde mi Profesión Perpetua, me he dado cuenta de que aún no me había entregado de verdad al Señor. No me había entregado del todo a la obra que Él sueña para mí, porque aún no me había abandonado plenamente en sus manos.

Creía que, al hacer la Profesión Perpetua, mi paso sería firme, y que eso vendría acompañado de un desprendimiento total de mi vida en el Señor. Sin embargo, me he descubierto frágil y de barro. Me he dado cuenta de lo pobre que todavía es mi entrega a Él.

Pero aquella tarde, al verlo y sentirlo tan cercano, al contemplar en él un reflejo del rostro de Cristo en la tierra, con su sonrisa, su ternura hacia los niños y su cercanía con la gente, algo se removió dentro de mí. Todo en él era una huella de Cristo.

Pocas personas han despertado en mi vida una admiración como la que siento por el Santo Padre. Realmente me ha tocado el corazón.

Sus palabras, sus gestos y toda su persona te impulsan a ser mejor. Transmiten una alegría por el Reino de Dios, una alegría por la entrega de la vida a Dios, porque te hacen sentir que vale la pena darlo todo por su Amor.

El segundo gran momento que viví fue experimentar que la Iglesia sigue viva, sigue latiendo. No, no somos pocos. Allí se vio cómo los católicos desbordaban las calles de Madrid para acoger, con el corazón abierto y lleno de cariño, al Papa.

Era impresionante ver cómo bullía una alegría inmensa en todos los rostros, cómo nos ayudábamos en todo lo que necesitábamos. Fueron horas que unieron nuestros corazones y, alzando la mirada al cielo, descubrimos que la barca de la Iglesia sigue navegando en medio del mundo.

Y como nos dijo el Papa, podemos ser, desde lo sencillo y pequeño de nuestra vida, esa chispa en medio del mundo. Sí, queremos ser esa chispa que lleve la huella del Señor por los caminos de la historia.

Todo esto lo viví junto a mis hermanas, y también eso lo he recibido como un regalo del Señor. Las horas compartidas, las risas, el entusiasmo, el deseo de encontrarnos con el Papa, el ayudarnos unas a otras para llegar todas juntas, e incluso el cansancio que se iba acumulando, quedaron superados por la inmensa alegría que llevábamos en el corazón.

Me ha conmovido profundamente y me siento inmensamente agradecida a las madres y hermanas que, con tantos detalles, cuidaron de nosotras. En pequeños gestos derramaron su cariño, y eso me tocó mucho el corazón.

Me hace sentir feliz de formar parte de esta familia que son las Siervas de Jesús. Me han hecho sentir en casa. Y, a pesar de las dificultades que surgen en este caminar, siento que vale la pena seguir adelante, seguir caminando juntas en la misma barca, mano a mano, cada una dejando el corazón en cada misión.

Allí donde estemos, estamos llamadas a dejar pequeños gestos de amor, de ternura y de compasión; gestos sencillos que hagan presente la presencia de Dios en el mundo.

Gracias, madres y hermanas, por todo lo que hemos compartido en estos días. Son recuerdos que se llevan en el corazón y que me hacen alzar la mirada al cielo para dar gracias desde lo más profundo del alma.