Sor Susana Mallo, SdeJ
Hna. Susana Mallo comparte una experiencia de fe, comunión y gratitud tras vivir la Vigilia con los jóvenes, el Corpus Christi y el encuentro diocesano junto al Santo Padre.
La visita del Papa León XIV a España dejó una profunda huella espiritual en quienes pudieron vivirla de cerca. Hna. Susana Mallo recoge en este testimonio la paz, la alegría, la fraternidad y la fuerza del Espíritu Santo que se percibieron en Madrid durante la Vigilia de la Plaza de Lima, la celebración del Corpus Christi y el encuentro diocesano en el Santiago Bernabéu.
Creo que la visita del Papa León XIV a España ha dejado una huella de fe imborrable, tanto en las personas que pudimos vivirla físicamente muy cerca como en quienes siguieron su recorrido y escucharon sus discursos a través de las pantallas.
Recuerdo que, en una de las retransmisiones, entrevistaban a unas chicas que decían: “Viene el Papa, pero en realidad el que viene es el Espíritu Santo”. En aquel momento, aquello me sonó exagerado. Sin embargo, después de asimilar este encuentro con quien hoy es Pedro para todos los católicos, creo que es cierto.
Y no se trata de “papolatría”. Lo que personalmente viví, tanto en la Vigilia con los jóvenes en la Plaza de Lima como en la celebración de la Eucaristía y procesión del Corpus Christi, así como en el encuentro diocesano en el Santiago Bernabéu, fue un ambiente que solo el Espíritu Santo puede hacer posible.
Como dice San Pablo: “El Reino de Dios no consiste en comida ni bebida, sino en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (cf. Rm 14, 17-19). Y esos frutos los hemos palpado en cada momento compartido con el Santo Padre.
Fue un ambiente de paz, de fraternidad y de sana alegría, que incluso las personas no creyentes percibían y valoraban por las calles. Como decía un periodista hace pocos días acerca de esta visita, ha sido una auténtica “inyección de civismo”.
La presencia, la forma de ser y de comunicar del Papa León XIV me han dado un ejemplo muy grande de bondad, cercanía y autenticidad.
“No podemos arrodillarnos ante Dios y despreciar al hermano”. Es el mensaje del Evangelio, pero pronunciado de esa manera y con esa convicción, sus palabras fueron una llamada capaz de despertar el corazón.
Agradezco también profundamente haber vivido esta experiencia con el grupo de hermanas venidas de diferentes comunidades y con los Siervos Laicos. Han sido momentos que nos hacen sentir familia e Iglesia, y que fortalecen la comunión entre nosotros.
Gracias por la oración y el esfuerzo de cada comunidad para que pudiéramos vivir estos días como un verdadero regalo del cielo.



