Sor Myriam Guadalupe Reynoso Flores, SdeJ
Sor Myriam Guadalupe Reynoso Flores comparte cómo vivió, en nombre de la comunidad de Valencia, unos días de encuentro, adoración, comunión y esperanza en Madrid.
Madrid se convirtió en un gran corazón creyente durante la visita del Papa León XIV. Entre la Vigilia en la Plaza de Lima, la celebración del Corpus Christi y el encuentro con miles de jóvenes y familias, Sor Myriam Guadalupe narra una experiencia marcada por la alegría de la fe, la comunión eclesial y la llamada a transformar lo recibido en compromiso cotidiano.
Quienes afirman que la fe en España pertenece al pasado deberían haber estado en Madrid estos días. Las calles, plazas y avenidas de la capital se transformaron en un inmenso escenario de encuentro, esperanza y celebración, donde miles de personas —especialmente jóvenes— dieron un testimonio vivo y alegre de su fe.
Un himno resonaba en cada corazón, en las calles y avenidas de Madrid:
“Alzo la mirada, mis ojos en Jesús.
Alzo la mirada, clavada en la cruz.
Cuando miro al cielo, todo es nuevo con su luz.
Alzo la mirada…”
Lo primero que deseo destacar es precisamente esta gran manifestación de fe que inundó Madrid y que demuestra que la Iglesia sigue caminando con fuerza. Lejos de la imagen de una fe apagada, encontramos una comunidad viva, dinámica y profundamente comprometida.
Dios estaba presente en medio de su pueblo. Sentimos su presencia viva entre nosotros y la fuerza de su Espíritu.
Quiero expresar mi gratitud al Consejo Provincial por hacer posible que todas las comunidades pudieran participar en este acontecimiento histórico junto al Santo Padre. Esta iniciativa ha sido una auténtica expresión de comunión, apertura y sinodalidad, fortaleciendo los lazos que nos unen como familia religiosa.
Junto a Sor Lucila, tuve la alegría de representar a la comunidad de Valencia. Ha sido un verdadero regalo poder vivir esta experiencia. Nos hemos sentido acompañadas por nuestras hermanas, que compartieron nuestra ilusión desde la distancia. A todas ellas, nuestro más sincero agradecimiento.
Desde nuestra llegada a Madrid percibimos una atmósfera especial. Aunque la ciudad ya destaca por su dinamismo y constante movimiento, durante estos días se respiraba algo diferente: una profunda alegría nacida de la fe.
Ver el corazón de Madrid preparado para acoger al Vicario de Cristo y a miles de fieles llegados de distintas diócesis de España fue una experiencia impresionante. La organización y la logística estuvieron a la altura de un acontecimiento de esta magnitud.
Al llegar a la Casa Provincial nos encontramos con un ambiente de fiesta familiar: saludos, abrazos, reencuentros y mucha alegría. Fue especialmente emocionante compartir estos días con nuestras aspirantes, novicias y hermanas venidas de distintos lugares. Una vez más experimentamos que somos una gran familia unida por una misma vocación.
Nuestro primer gran encuentro fue la Vigilia en la Plaza de Lima. La espera bajo el sol se convirtió en una oportunidad para compartir la fe con jóvenes y familias, experimentar la riqueza de la comunión eclesial y descubrir a Cristo presente en cada hermano.
Uno de los momentos más emotivos fue poder abrazar a Santiago, conocido como “el niño milagro”, después de que recibiera el abrazo del Papa León XIV. Aquello nos permitió contemplar al Santo Padre muy de cerca y experimentar algo difícil de expresar con palabras: una profunda sensación de paz y cercanía espiritual.
Del Papa me impresionaron especialmente su serenidad, su sencillez y su capacidad de transmitir cercanía. En él se percibe verdaderamente la figura de un padre que acoge a todos.
Durante el diálogo con los jóvenes dejó mensajes que merecen permanecer en el corazón. Subrayó la importancia del silencio como espacio privilegiado para escuchar la voz de Dios y animó a los jóvenes a vivir con autenticidad, siendo personas verdaderamente humanas, comprometidas con la justicia, la verdad y el bien de los demás.
La adoración eucarística constituyó otro de los momentos más intensos del encuentro. El profundo silencio de miles de personas reunidas ante Jesús Sacramentado fue un testimonio elocuente de fe.
Allí resonaron palabras que invitan a la reflexión: si vivimos la oración con amor, otros descubrirán su valor; si nuestra fe arde con fuerza, podremos transmitir ese fuego a quienes nos rodean. Jesús permanece cercano incluso en nuestras fragilidades y nunca abandona a quienes confían en Él.
Entre los mensajes que más impactaron a los asistentes destacó una llamada clara y esperanzadora:
“Vosotros podéis cambiar la historia; hacedlo con amor.”
Al día siguiente continuamos viviendo intensamente esta experiencia participando en la celebración del Corpus Christi. Desde primera hora de la mañana, con la ilusión intacta y gracias a la exquisita atención de la comunidad de Madrid, nos dirigimos al Paseo del Prado para participar en una celebración que dejó profundas enseñanzas.
Las palabras del Santo Padre recordaron que la fe auténtica no puede separarse del amor al prójimo. Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar a su hermano. Jesús sale a nuestro encuentro en las calles, en los barrios y en la vida cotidiana.
Una fe encerrada en sí misma se vuelve estéril; en cambio, una fe comprometida transforma la realidad.
Especialmente significativa fue la invitación a ser una Iglesia en salida, cercana a las periferias humanas y capaz de tender la mano a quienes sufren. Porque la verdadera devoción se mide, en última instancia, por nuestra capacidad de mirar a los ojos del que necesita ayuda y acompañarlo con amor.
Regresamos a nuestra comunidad con el corazón lleno de gratitud y esperanza. Ahora comienza lo más importante: convertir en vida todo lo que hemos recibido. Porque los grandes encuentros no terminan cuando concluyen los actos; continúan cuando el mensaje escuchado se transforma en compromiso cotidiano.
Madrid fue una fiesta de fe. Ahora nos corresponde hacer que esa fe siga iluminando nuestro camino y el de quienes encontramos cada día.



