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Madre Sigrid A. Escobedo, SdJ

Comunidad Siervas de Jesús,

de Vietnam

Dar clases de catecismo a los niños es todo un reto, pero también muy gratificante.  Todos sabemos, que educar en la fe no solo es importante sino necesario. Mas cuando se trata de niños. Hemos de esmerarnos para darles lo mejor y lo esencial, pues sobre la educación inicial se construirá la vida de fe, o sea, la vida con Dios. Cuando me dijeron que iba a dar clase a estos niños que se preparan para la primera comunión, me sentí un poco nerviosa porque era la primera vez que lo hacía y sé muy bien lo que esto significa para ellos y para mí. Para llegar a transmitirles, que “Aquel” que siendo tan grande y el mas importante de todos, se hace pequeño para alimentarnos y fundir su vida con la nuestra, no me parecía fácil de hacer mas cuando una es primeriza en la tarea. Sin embargo, el celo de Dios latía en mi corazón transformando mis miedos a un reflejo de su celo para que estos niños reciban por vez primera, a su Señor y Salvador que se hace presente en la Eucaristía, con la debida preparación.

Como hago siempre cuando las cosas me superan, lo puse en las manos de Dios y recé para poder guiar realmente a estos niños hacia Él, para que pudieran conocerlo y amarlo más profundamente, para que lo reciban con todo el fervor del mundo, con gozo y gratitud y para que ahora en adelante deseen con todo fervor recibirlo y transmitirlo a los demás.

Tenemos 15 niños que se preparan, de diferentes nacionalidades: polacos, brasileños, filipinos y vietnamitas (nacidos y criados en EE. UU.).

Me sorprendió ver su interés por aprender sobre su fe en Dios. Suelen llegar temprano y participar activamente en las clases de catequesis. Los padres también se implican en las tareas de sus hijos. Esta participación activa junto con la gracia de Dios hizo que todo vaya sobre ruedas. También reconozco con gratitud la ayuda y apoyo de mi comunidad.

Al llegar el gran día de la primera comunión, se les veían preciosos y radiantes con sus trajes blancos. Y veía alegría y emoción en sus rostros por recibir a Jesús por primera vez. En cuanto a mí, no podría estar más feliz. Doy gracias a Dios por permitir que estos niños experimenten la plenitud de su amor, recibiendo en sus vidas a su Señor y Salvador. Seguiré rezando por ellos, que me hacen experimentar la alegría de una madre, que engendra, en este caso, hijos en la fe.  Solo tengo palabras de gratitud, porque una vez mas estoy convencida que recibo mas que lo que doy. Experimenté la providencia de Dios y aprendí mucho de la experiencia y de los mismos niños y sus padres. Vale la pena decir: aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, siempre que el Señor nos invita. Señor, que te conozcamos más. Que nuestros miedos se transformen en confianza porque Tú eres nuestro Padre y solo quieres el bien nuestro. Gracias de todo corazón.