Hnas Angel Diana Lim y Fredelyn Padayao
Noviciado Filipinas
Imposición del hábito: Sis. Angel Diana Lim
Cuando tomé la decisión de entrar en el convento, todavía no comprendía del todo las verdaderas razones por las que lo hacía ni lo que la vida me iba a traer. Mi deseo nacía de una certeza: Dios me ama y quiere transformarme. Y, ante eso, todo lo demás pasaba a un segundo plano. Yo quería responder sinceramente a ese amor. Con el corazón inquieto, respondí a la llamada de Dios, deseando amarle como Él me ha amado.
El camino de la vida religiosa me ha mostrado que no es una senda fácil. Muchas veces me preguntaba qué pasaría si continuaba por este camino. Comprendí que la vida es exigente. En realidad, la vida siempre será una lucha, un martirio constante. Empecé a descubrir dificultades en todo, porque nunca antes había vivido de esta manera: la comida, las personas, el estilo de vida… Todo era nuevo para mí.
Pero lo verdaderamente hermoso fue reconocer mi propia realidad: mis debilidades y mi condición de pecadora. Me puse ante Dios sintiéndome indigna, aunque me preguntaba: ¿quién es realmente digno? Reconocí tanto lo bueno como lo frágil que había en mí. Aprendí a crecer y a relacionarme con los demás.
Doy gracias a Dios por haberme elegido para este camino y por seguir llamándome. Esta etapa marca una nueva fase en mi proceso. Rezo con más fuerza para que Dios me conceda la fortaleza necesaria para afrontar todo lo que venga. No confío en mí misma, sino en Dios, que me ha guiado y ha ido aclarando mi camino.
Sentí una inmensa alegría cuando mi formadora me comunicó que iba a recibir el hábito. Aunque todavía no lo llevaría de forma habitual, imaginaba cómo sería verme vestida con aquel sencillo traje de bodas para mi humilde Cristo.
Sin embargo, a medida que se acercaba el día, el miedo empezó a llenar mi corazón y me preguntaba si realmente era digna. Dejé pasar aquellos días comprendiendo que cada jornada trae su propia lucha. Pedía constantemente ayuda a Dios, porque muchas veces me sentía infiel ante Él. También recordaba una de las frases de nuestra Madre Fundadora: “Preferiría verlas morir antes que verlas infieles”.
Los días fueron pasando hasta que Madre Fe anunció la fecha de la ceremonia de imposición del hábito. Cada jornada traía nuevos preparativos: el hábito, el velo y tantas otras cosas. Cuando quedaban solo quince días, las tentaciones se hicieron más fuertes, incluso en mis sueños. Volvían a mi mente el atractivo de hacer otras cosas buenas, los placeres del mundo y la familia que había dejado atrás. También regresaban mis arrepentimientos y todos mis “¿y si…?”.
Aun así, permanecí en silencio e intenté mantenerme ocupada para escapar de esos enemigos interiores. Llegaba incluso a cansar mi cuerpo para alejar los pensamientos que me distraían.
Pero cuando recibí el hábito, todo cambió. La alegría que experimenté no se puede expresar con palabras; solo podía manifestarse con lágrimas de felicidad. Simplemente dije: “Señor, ¡ha llegado el momento!”.
El día en que fui revestida con aquel sencillo traje de bodas será siempre recordado, igual que el día de Nuestra Señora de Fátima. Ella está siempre presente: la Señora que me escucha y reza por mí.
Puedo decir que la vida religiosa es aquello que durante tanto tiempo había anhelado. Durante muchos años sentí un vacío en mi corazón, buscando un lugar donde entregar todo lo que llevaba dentro. Esta vida ha llenado todo mi ser, me ha ido formando y me enseña a convertirme en la persona que deseo llegar a ser.
Esta vida es sencilla, pero si me resisto a ella, se vuelve difícil. Sin embargo, todo lo que deseo es esta vida. Dondequiera que vaya, sé que este camino me conduce a la santidad y, finalmente, al cielo.
Nunca me arrepentiré de esta vida que Dios ha puesto en mi camino, y rezo para que pueda permanecer en ella para siempre.
Imposición del hábito: Sis. Fredelyn Padayao
Cuando era niña, muchas veces veía a mujeres vestidas con lo que llamaban “hábito”, ya fuera en las iglesias, por la calle o incluso en las tiendas. Aquello despertaba mi curiosidad, así que le pregunté a mi madre por qué llevaban esa ropa. Ella me explicó que eran monjas y que por eso vestían así.
Yo pensaba que ser monja consistía simplemente en llevar aquel vestido. Creía que todo se reducía al estilo y al color, como si ellas mismas lo hubieran escogido. Sin embargo, cuando sentí la llamada a ser como ellas, Jesús fue revelándome poco a poco el significado más profundo del hábito.
Vivir en el convento me hizo comprender que una mujer vestida con el hábito sagrado está totalmente consagrada a Dios. El hábito es signo de humildad y sencillez. Aprendí que no es solo un uniforme, sino una vestidura que representa un traje de bodas: el signo de una entrega total a la oración, al servicio y a la donación de la propia vida a Jesucristo.
Cuando Madre Ma. Fe me dijo que aquella vestidura era para mí, no supe cómo responder. Lo único que pude decir fue: “Está bien, Madre”. Pero enseguida añadí: “No, Madre… ¿cómo es posible que Jesús haya respondido tan rápido a mi oración?”.
Al pensar en lo precioso que era haber sido elegida como esposa suya, me sentí sobrecogida. No puedo expresar del todo lo afortunada que me siento, porque esta experiencia supera mi entendimiento: el Señor, el Altísimo, me eligió a mí, una pecadora.
Ahora que he vivido un año en el convento, Jesús me ha enseñado que el amor exige una gran generosidad y mucho sacrificio. Él lo sabe todo de mí, especialmente en los momentos difíciles, como cuando estaba a punto de recibir el hábito.
Él siempre me guía para seguir adelante y me recuerda que debo mantener una actitud de gratitud, humildad y paz. He llegado a comprender que mi vocación como Sierva de Jesús de la Caridad es un tesoro precioso, guardado en una vasija frágil, y que solo la oración puede vencer los muchos peligros del camino.










