Siervas de Jesús de la Caridad
Comunidad y Noviciado de Camerún

1. Testimonio de Sor Blaise

“Peregrinos de la paz y de una nueva esperanza”. Con motivo de la visita del Santo Padre, se colocó en las calles de Camerún una pancarta con este lema, invitando a fomentar la reconciliación nacional, especialmente en las regiones anglófonas, que atraviesan una profunda crisis desde 2016. Este mensaje promovía el diálogo, la justicia y la solidaridad, ofreciendo consuelo y esperanza a un pueblo marcado por conflictos y desafíos sociales.

La visita del Santo Padre León XIV fue un verdadero regalo de Dios para un país que atraviesa dificultades en muchos ámbitos: sociopolítico, étnico, religioso, económico y cultural.

El anuncio de su llegada a suelo camerunés fue recibido con cierta reserva por algunos compatriotas, incluso por parte de la diáspora, que consideraban innecesaria una visita de este tipo en el contexto de crisis que vivimos. Sin embargo, contra todo pronóstico, el sucesor de San Pedro obedeció a Dios antes que a los hombres y honró su palabra.

Así, el Santo Padre llegó el miércoles 15 de abril al Aeropuerto Internacional de Yaundé-Nsimalen. Allí inició su visita con un encuentro de cortesía con el presidente de la República. También se reunió con las autoridades y el cuerpo diplomático en el Palacio de Congresos de Yaundé.

Posteriormente, visitó el orfanato Ngul Zamba, de las religiosas Siervas de María de Yaundé, y finalmente mantuvo un encuentro privado con los obispos de Camerún en la sede de la Conferencia Episcopal.

El jueves 16 de abril viajó a Bamenda, donde tuvo lugar un encuentro por la paz.

El viernes 17 de abril salió hacia Douala, donde se celebró la Eucaristía en la explanada del estadio de Japoma. Nosotras, la comunidad de las Siervas de Jesús de la Caridad de Douala, estuvimos todas presentes, llenas de entusiasmo desde la víspera, participando en la vigilia celebrada en el mismo estadio.

Esperamos su llegada junto a peregrinos venidos de todos los rincones del país. Unidos en la fe, alabamos y adoramos al Señor ante el Santísimo Sacramento, pidiendo que esta visita diera frutos duraderos.

El sábado 18 de abril se celebró la Misa en la Base Aérea 101 de Yaundé. Con ella concluyó el viaje apostólico del Santo Padre a Camerún, antes de su salida hacia Angola.

Esta visita fue una oportunidad para que un pueblo dividido y herido pudiera reunirse de nuevo. Como dijo el Santo Padre: “No soy un político, aunque soy jefe de un Estado, el Vaticano. Mi presencia entre ustedes es para traer paz, fraternidad, unidad, justicia y comunión”.

Todos sus discursos y homilías, desde su llegada hasta su partida, fueron una llamada constante a la reconciliación y a la convivencia. Camerún es un país donde la fe sigue viva, más allá de la diversidad religiosa. Esta visita apostólica renovó la esperanza que se vislumbra en el horizonte de nuestro país, que tiene como Madre a la Virgen María, quien no deja de interceder por sus dirigentes y por todo el pueblo.

Pedimos que reinen la concordia y la paz, y que los jóvenes puedan construir un futuro arraigado en la fe, el trabajo, el respeto, el diálogo, la solidaridad, la justicia y la convivencia.

Como afirmó el Papa León XIV en su homilía, centrada especialmente en la esperanza, la paz y la unidad, los jóvenes están llamados a rechazar la violencia, a convertirse en protagonistas del desarrollo y a denunciar la explotación de África por intereses externos.

Para concluir, el Santo Padre elogió la valentía de las comunidades cristianas e invitó a todos los fieles a ser sal y luz del mundo.

2. Testimonio de Sor Christelle

La Misa del Santo Padre en Douala-Japoma

Con motivo del viaje apostólico del Santo Padre, el arzobispo de Douala, Mons. Samuel Kléda, organizó un triduo de oración que comenzó el lunes 13 de abril de 2026 en la Catedral de San Pedro y San Pablo. Las vigilias continuaron después en las parroquias.

Nosotras, por nuestra parte, continuamos y concluimos nuestras oraciones con la adoración eucarística, ya que no se había anunciado nada concreto en nuestras parroquias.

El triduo concluyó el miércoles 15 de abril. Entonces comenzamos a prepararnos para participar en la noche de oración prevista para el jueves 16: llevamos refrigerios, paños tradicionales y sombreros.

Aquel jueves nos despertamos a las seis de la mañana, como un domingo. Después tomamos una buena siesta y, a las 16:30 horas, el primer grupo ya estaba listo para emprender el camino. Tomamos un taxi, que nos dejó a unos kilómetros de distancia, y desde allí caminamos hasta la explanada del estadio de Japoma.

Llegamos a Japoma alrededor de las 19:30 horas. Una vez reunida la comunidad, junto con dos miembros del personal de la guardería, encontramos un lugar para participar en la vigilia, cerca de otros peregrinos que ya estaban allí. Rezamos Vísperas y después cenamos.

A medianoche se expuso el Santísimo Sacramento. Fue un momento de alabanza, dirigido por un grupo carismático, acompañado por la meditación del Santo Rosario y cantos. Después nos dirigimos al lugar de la celebración eucarística, donde esperamos hasta las ocho de la mañana, hora en la que nos dejarían pasar al espacio reservado para las religiosas, tal como nos habían indicado. Finalmente pudimos entrar, aunque no sin algunos empujones.

Cuando por fin nos sentamos en el lugar reservado para los religiosos, desayunamos de forma individual y rezamos Laudes. El sol comenzaba a tomar fuerza y esperábamos la llegada del Santo Padre, prevista para las 11:00 horas. Intentábamos protegernos con paraguas y sombreros.

Alrededor de las 10:30 horas escuchamos vítores: ¡habían llegado los cardenales! Hacia las 10:45 horas estallaron gritos de alegría: ¡el papamóvil! ¡El Santo Padre estaba allí!

¡Qué alegría! Estábamos sentadas en un lugar por donde iba a pasar. Lo vimos, nos alegramos, cantamos y gritamos, dando gracias a Dios.

Poco después, el coro comenzó a entonar el himno de entrada para dar inicio a la celebración eucarística. La inmensa multitud aclamaba al Santo Padre durante la procesión de entrada, mientras él bendecía a todos.

El Santo Padre celebró toda la Misa en francés. Durante su homilía, habló de la pobreza y del alimento necesario para la vida. Recordó que necesitamos comer para vivir y que el alimento está al alcance de todos; por eso, no debe desperdiciarse ni convertirse en medio para aumentar la riqueza de quienes ya tienen más.

Jesús nos muestra cómo el Padre nos alimenta con el Pan de Vida y nos envía a compartirlo. El alimento físico nutre nuestro cuerpo, y el alimento espiritual nutre nuestra conciencia. Jesús vino a compartir las necesidades de la humanidad, especialmente las de nuestros hermanos y hermanas que carecen de lo necesario.

El Santo Padre concluyó su homilía encomendando una misión a los jóvenes cameruneses y, en general, a todos: “Sean la buena noticia para su país. Como los apóstoles, en medio de las pruebas, perseveren en la proclamación del Evangelio”.

Mientras el Santo Padre bendecía a la multitud durante la procesión de salida, después de la Misa, nos colocamos en fila para saludarlo de cerca cuando pasara camino del Hospital St. Paul, en Nylon. Para nuestra gran sorpresa, tomó una ruta diferente y corrimos en vano para alcanzarlo. Ni siquiera pudimos ver el rastro de uno de los coches que lo acompañaban.

Bromeamos diciendo: “Le advirtieron en sueños que tomara otra ruta, como les ocurrió a los tres Reyes Magos…”.

Puedo concluir diciendo que todo es gracia. Nunca hubiera imaginado que vería al Santo Padre tan de cerca. Doy gracias a Dios por tantos beneficios, y pido que su visita y su mensaje, que nos han fortalecido en la fe y en la esperanza, me ayuden también en mi camino vocacional, para que, como él, pueda dar testimonio de la presencia de Cristo en medio del mundo, allí donde me encuentre.

3. Testimonio de Sor Augustine

El Papa León XIV estuvo en Camerún del 15 al 18 de abril. Su visita a nuestra tierra fue una bendición para todos y un signo vivo de la presencia de Dios entre nosotros.

Pudimos decir, como el profeta:

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia la salvación!”
Cf. Is 52,7

Todos lo esperábamos con gran emoción y fervor. El simple hecho de tenerlo tan cerca nos reconfortaba y nos llenaba de alegría.

Personalmente, me parecía un sueño pensar que iba a ver al Papa por primera vez. Como comunidad, nos preparamos desde el 13 de abril con un triduo que llenó nuestros corazones de piedad y alegría mientras esperábamos al mensajero de Dios.

Este triduo comenzó el lunes por la noche con una Misa presidida por el arzobispo de Douala, Mons. Samuel Kléda, junto a una gran multitud de sacerdotes y religiosos. Ya entonces podía imaginar cómo sería la gran Misa Pontifical del 17 de abril.

Aquella noche no pudimos obtener las entradas reservadas para las personas consagradas, pero esperábamos conseguirlas por medio de nuestro Vicario General en los días siguientes, y así fue. Además, recibimos como obsequio el paño tradicional preparado para la ocasión, una tela que aquí se usa como falda o para cubrirse; en nuestro caso, sobre la falda del hábito. Comprendimos entonces que el Señor ya había preparado todo para nosotras.

Al llegar al estadio de Japoma, pasamos la noche bajo las estrellas, entre cantos, el Rosario, la adoración del Santísimo Sacramento, oraciones a la Preciosa Sangre de Jesucristo y toda clase de alabanzas.

La multitud entraba en procesión, cantando al ritmo de los tambores, en grupos grandes y pequeños, desde las 17:00 horas hasta el amanecer. Fue tan conmovedor para mí que también yo entré en actitud de adoración, a pesar del cansancio de la noche y del deseo de ver salir el sol para poder contemplar, finalmente, el rostro de Nuestro Señor Jesucristo reflejado en el rostro del Santo Padre.

Cuando llegó el día, tuvimos que esperar para ocupar nuestros asientos reservados. Mi alegría fue completa al darme cuenta de lo cerca que estábamos del Papa. Pudimos participar en una Eucaristía celebrada por el Santo Padre, y nuestra fe se fortaleció con su presencia entre nosotros.

Entonces llegó el momento tan esperado. En todo el estadio estallaron gritos de alegría. La multitud corría de un lado a otro para ver al Santo Padre. Después de aquella larga espera, el Santo Padre llegó finalmente hasta nosotros.

Mis ojos se posaron en su rostro sereno, lleno de paz, y di gracias a Dios por aquel momento gozoso en el que mi sueño se hacía realidad.

Sí, fue uno de los momentos más hermosos de mi vida: ver al Santo Padre tan cerca de mí, participar en la Misa tan cerca de él, escucharlo predicar la homilía y verlo elevar la Sagrada Hostia con sus manos.

En él descubrí una razón más para seguir proclamando la Buena Nueva, sin temor ni cansancio, sino con fervor y confianza; manteniendo la mirada fija en Jesucristo, sin perder de vista mi meta, e incluso llegando hasta el martirio si esa fuera la voluntad de Dios, también a través de las pequeñas mortificaciones diarias que me ofrece la vida comunitaria.

El Santo Padre ha fortalecido mi fe y me ha dejado un profundo deseo de buscar siempre al Señor, en todo lugar y en todo momento; de dejarme encontrar por Él y de ser buena noticia para mi país. Como joven, deseo proclamar incansablemente la Buena Nueva de la Salvación.