Dos de las tres hermanas que han hecho su profesión nos regalan su testimonio.

Hna. Jennifer E. Vinluan, SdJ

Provincia Virgen del Pilar, Madrid

“Es tan grande el don de la vocación religiosa que nunca lo podemos apreciar debidamente en esta vida.”
(Santa María Josefa)

Doy gracias a Dios por la oportunidad que me da para servirle en la vida religiosa. Me siento muy bendecida y agradecida por esta vocación. Desde niña, me encantaba ir a la Iglesia, ayudar y participar en todas las actividades en nuestra Capilla y en nuestra Parroquia. Era devota de la Sagrada Eucaristía y del Santo Rosario. Por eso algunos familiares míos me llamaban “maestra de oración” y mis hermanos también me llamaban “hermana”.

Cuando tenía 15 años, estaba en un grupo de jóvenes con muchas actividades, pero lo que más me gustaba era la misión que hacíamos cada año. Esta consistía en ir a evangelizar a la gente. Desde entonces, ya había decidido ser monja, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Así que continué con mis estudios mientras esperaba el momento oportuno.

Un día, Dios envió a alguien que me preguntó si quería ser monja. Cuando me preguntó, mi corazón se llenó de alegría y esperanza. Entonces le conté a mi madre mi decisión, pero no fue muy fácil para ella dejarme ir. Seguí pidiendo su permiso hasta que ella me lo dio. Me dijo: “ya te ofrezco a Dios”. Estaba muy feliz y emocionada.

A partir de ese momento, esperé a que la Hna. Ailyn, una monja de mi provincia, viniera por mí. Esperé sin perder la esperanza hasta que llegó el momento. Efectivamente, me fui con ella hasta el aspirantado de la Congregación de las Siervas de Jesús, a varios días de viaje desde mi pueblo. Cuando el Señor llama, Él da la gracia y la fortaleza para responder. Se trata de un “sí” constante a su llamada. Gracias a Dios que mantuvo viva la llama que encendió en mi corazón. Él mismo allanó mi camino hasta el momento de entregarme definitivamente.

En el quinto año de mi juniorado, nos enviaron a España para continuar nuestra formación y prepararnos para la profesión perpetua. Primeramente, estudiamos español. Y de agosto a octubre de 2025, hicimos nuestra preparación intensiva bajo la guía de Madre Ma. Jesús Gómez.

Me siento feliz y agradecida con ella y con mis compañeras: Sor Marie Georges Métayer y Sor Mary Ann Yorong. Iniciamos la preparación con los Ejercicios Espirituales en León, en la comunidad de los Dominicos. Estos ejercicios me ayudaron a darme cuenta de mi vocación, de nuestra misión y del carisma de nuestra Congregación. El Padre dijo algo que me marcó:
“Dios no nos llamó por nuestra cara bonita, profesión, título, talentos o inteligencia. Dios nos llamó porque nos ama, para compartir con los demás el don del carisma y la misión.”

Estoy muy agradecida con todas las comunidades por donde pasamos durante la preparación. A las madres y hermanas, por su acogida, por su buen ejemplo y sacrificio inmarcesible. Me impresionó que, a pesar de su vejez, nuestras hermanas mayores siguen siendo ejemplares y trabajando mucho para la comunidad.

Visitar el santuario de San Miguel de Aralar, donde la llevaron a Sta. María Josefa sus padres para pedir su curación, fue un regalo. También fuimos a la casa natal de San Ignacio de Loyola y a la preciosa casa de nuestra Santa Madre en Vitoria. Qué bendición poder ver los lugares donde ella vivió. Pensé que era solo un sueño. Pero Dios es tan bueno que me concedió esta oportunidad a través de nuestra Madre General.

También visitamos Lourdes, en Francia. Siento mucho el espíritu de oración, especialmente durante la procesión nocturna de antorchas. Estoy muy bendecida y agradecida.

Durante los días previos a mi profesión perpetua, hicimos un retiro de tres días con Madre Adriana Mendoza. El tema fue la fórmula de la profesión y los tres votos evangélicos que abrazamos para toda la vida.

En verdad, tenía dos sueños: quería ser política o religiosa. Elegí la vida religiosa porque en la política hay muchas dificultades, incluso peligros para la vida y las relaciones personales. Renuncié a ese deseo.

Quiero compartir unas palabras de la homilía del Padre Aldin Rodrigo:
“Los votos son un modo concreto de amar, de sanar, de acompañar… La fidelidad debe ser como una lámpara que no se apaga. Es un signo profético que proclama que Dios merece ser amado sin condiciones.”
Estas palabras tocaron profundamente mi corazón.

Gracias, Señor, por esta llamada. Gracias a Madre Martina Espinal, Madre Socorro Martínez, y a Madre Ma. Jesús Gómez por su cariño, paciencia y dedicación durante nuestra preparación.

Gracias, Madres y Hermanas.

Hna. Mary Ann Yorong, SdeJ

Provincia Virgen del Pilar, Madrid

“Mi corazón canta de gozo y gratitud.”

Me gustaría empezar mi historia vocacional con unas preguntas:
¿Me arrepiento de no haber ingresado a la vida religiosa antes?
¿Me arrepiento de no haber logrado mis sueños como ser soldado, ingeniera o psicóloga?

Sinceramente, ser religiosa es la decisión más grande de mi vida. Nunca pensé entrar al convento. Cuando era niña, me atraía mucho el uniforme militar y quería servir a mi país. Sin embargo, mi estatura me impidió seguir ese camino. En la secundaria pensaba estudiar ingeniería o psicología. Pero Dios irrumpió en mi vida… y me robó el corazón.

Nací en una familia numerosa: somos ocho hermanos. Compartíamos muchas cosas, especialmente música, alegría, trabajo y oración. Desde pequeña, rezar el Rosario en familia era fuente de alegría para mí. Así, poco a poco, la Virgen María me fue atrayendo.

La llamada concreta a las Siervas de Jesús de la Caridad llegó de una manera inesperada: mi mejor amiga quería entrar al convento y me pidió que la acompañara. Yo acepté con la idea de volver después de un mes. Pero algo cambió. Con el tiempo, descubrí la belleza de la vida consagrada. Sentí que Dios me amaba profundamente y me llamaba a vivir con Él y para Él, sirviendo a sus preferidos: enfermos, niños, ancianos y pobres.

Me enamoré del ritmo de vida, de la misión, del canto de las hermanas y del ejemplo de nuestra Santa Madre Fundadora. Mi vocación nació en el convento. Por eso puedo decir, con verdad, que soy feliz.

Volviendo a las preguntas del inicio:
¿Me arrepiento de no haber vivido otros sueños?
No. Porque ahora soy soldado de Cristo, ingeniera del alma y psicóloga del amor de Dios. Todo lo que soñaba, Dios me lo ha dado, pero en una forma más alta y bella.

No sé lo que me deparará el mañana, pero sí sé que Dios tiene un plan para mí. No estoy llamada a conocer el futuro, sino a ser fiel hoy. Me pongo en manos de Dios y confío en su misericordia para seguir caminando con Amor y Sacrificio, como nos enseñó la Santa Madre.

Gracias a la Madre Martina y a todas las hermanas que han sido luz en mi camino.
Mi corazón canta de gozo y gratitud.