Sor Nancy María Méndez Alcántara
Sierva de Jesús
Quiero compartir con cada uno de ustedes mi experiencia vivida en el Jubileo de los Jóvenes en Roma.
El Jubileo de los Jóvenes en Tor Vergata fue una experiencia única que reunió a cientos de jóvenes con un mismo objetivo: celebrar nuestra fe, compartir momentos de fraternidad y renovar nuestra esperanza.
Este Jubileo lo llevaba deseando en mi corazón desde hace mucho tiempo. Solo pensarlo me llenaba de ilusión y esperanza. Soñaba con vivir esos días rodeada de jóvenes como yo, con ganas de encontrarse con Dios, de compartir la alegría de la fe y de dejarme sorprender por lo que Él tenía preparado para mí. Cada paso dado para llegar hasta allí fue, para mí, un logro. Convivir más de cerca con los jóvenes de la Pasju de León fue un verdadero triunfo, sobre todo porque me considero una persona tímida. Aunque ya había participado con ellos en vigilias y encuentros, nunca me sentía con la confianza suficiente para iniciar una conversación. Sin embargo, durante el camino y las largas horas de viaje, surgió lo que para mí fue un pequeño milagro: la amistad y la cercanía. Todos éramos uno, cuidándonos y mostrándonos interés sincero unos por otros.
Ese ambiente fraterno me hizo descubrir que, cuando se camina en la misma dirección y con el corazón abierto, las barreras desaparecen y el amor de Dios se manifiesta de forma sencilla pero poderosa.
Al llegar a Roma se respiraba un ambiente de júbilo y fiesta. Las calles estaban llenas de gente, banderas de todos los países ondeaban al viento y se escuchaban gritos y algarabía que contagiaban alegría. Cada rincón parecía celebrar, y yo no podía dejar de sonreír al sentirme parte de algo tan grande y tan vivo. Era como si toda la ciudad nos estuviera dando la bienvenida.
Uno de los momentos más fuertes para mí fue pasar por la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro. Saber que estaba allí, en ese mismo lugar donde meses atrás el querido y llorado Papa Francisco había inaugurado este Año Jubilar, me llenaba de emoción. Llevaba tiempo preparándome para este día tan especial, y cuando llegó, sentí que el tiempo se detenía.
Al tocar la puerta, me invadió una sensación indescriptible. Fue como descargar allí todo lo que me agobiaba: preocupaciones, culpas, conflictos, dudas y tantas otras cargas que llevaba sobre mis hombros. Era como dejar atrás un peso enorme que me había acompañado durante mucho tiempo.
Al cruzar al otro lado, me sentía ligera de equipaje, libre, renovada. Seguí mi camino para elevar una oración de acción de gracias en la tumba de San Pedro, un lugar con el que me siento profundamente identificada. Ese instante selló en mi corazón la certeza de que Dios siempre me espera para abrazarme y liberarme.
Otro momento que me marcó profundamente fue el encuentro de los jóvenes españoles en la Plaza de San Pedro. Me impresionó ver a tantos chicos y chicas viviendo su fe con entusiasmo, cada uno desde su propia realidad y formando parte de los diversos grupos que, en sus parroquias, realizan actividades para seguir a Cristo.
Muchos compartieron testimonios conmovedores: jóvenes sedientos de Dios, que en algún momento tocaron fondo y se encontraron con Él, dejando que cambiara por completo sus vidas. Escuchar esas historias me llenó de esperanza. Es algo que los medios de comunicación no suelen mostrar, pero que yo pude ver y vivir de cerca: en España hay un verdadero renacer espiritual. La fe está viva en las iglesias, pueblos y ciudades, y este encuentro fue una prueba palpable de ello.
Incluso aquellos que no pudieron estar físicamente presentes en el Jubileo se unieron con el corazón y la mente, sintiendo que formaban parte de esta gran celebración.
Son tantos los momentos vividos en estos días que, si me pusiera a escribirlos todos, no terminaría nunca. Pero no quiero concluir sin contar uno de los más impactantes: la vigilia vivida en Tor Vergata. No sé cómo explicarlo… fue algo que tocó lo más profundo de mi corazón. Cada vez que lo recuerdo, el alma se me encoge, me emociono y lloro.
Ver y saber que había más de un millón de jóvenes arrodillados delante del Santísimo, en silencio absoluto, sumergidos en la oración, fue algo inaudito. Solo se escuchaban, de vez en cuando, las sirenas de ambulancias y el sonido de helicópteros a lo lejos. No se podía creer… pero era verdad. Había que estar allí, vivirlo. Solo Cristo podía realizar algo así.
Y como broche de oro, el regalo de ver de cerca al Santo Padre, el Papa León XIV. Durante la vigilia no tuve la oportunidad de verlo, pero el día de la misa de clausura recibí esta gracia inesperada. El Papa llegó muy temprano, y a diferencia de la noche anterior, no habían mostrado el helicóptero en las pantallas. Nos tomó por sorpresa. Muchos aún estaban dormidos cuando, de pronto, comenzaron a transmitir imágenes de su recorrido.
Recuerdo que mi amigo Diego me dijo: “Ya ha llegado el Papa”. Yo le respondí: “Qué va, esas son imágenes de ayer”. Pero en ese momento la gente comenzó a correr diciendo que venía hacia nuestro lado. Giré la cabeza y vi las motos de seguridad despejando el área. Me eché a correr también, y entre el amontonamiento encontré un hueco que nadie había visto. Me quedé justo en la primera fila, detrás de las vallas, y en ese instante pasó el Papa saludando. Todavía no me lo creo… fue, sin duda, un regalo de Dios.
En mi corazón han quedado grabados los colores de las banderas, el murmullo de las oraciones, el eco de los cantos y, sobre todo, la paz, la alegría y el resurgir que solo Dios puede regalar.
Este Jubileo ha dejado una huella imborrable en mi vida: la certeza de que Dios hace milagros en mí todos los días. Sin embargo, las preocupaciones y compromisos de la rutina muchas veces me impiden verlo. He comprendido que necesito hacer un alto en el camino para priorizar lo verdaderamente importante de cada día y de cada momento.
El mensaje que me llevo de estos días vividos es claro: Dios me ama, soy su favorita, en quien Él se complace. Sé que en mi vida habrá momentos felices y agradables, pero también días duros, caminos pedregosos y noches oscuras. A pesar de todo, Él seguirá ahí, viviendo conmigo cada uno de esos instantes.
Lo más importante es que siempre, siempre debo confiar en Él.



