— Siervas de Jesús de la Caridad
Peregrinación Jubilar – Roma 2025
Del 8 al 12 de octubre de 2025, en el corazón de Roma, la Iglesia celebró el Jubileo de la Vida Consagrada, dentro del gran marco del Jubileo de la Esperanza. Durante cinco días, miles de consagrados y consagradas del mundo entero nos reunimos para vivir un tiempo de oración, reflexión, comunión y fraternidad bajo el lema: “Peregrinos de la esperanza por el camino de la paz”.
Entre los asistentes, estuvimos presentes algunas Siervas de Jesús de la Caridad, procedentes de Europa, América Latina y Asia. Fue una experiencia de gracia, de renovación interior y de vivencia eclesial profunda.
Un encuentro con las raíces de la fe
Caminar por las calles de Roma fue para nosotras tocar las raíces vivas de la fe cristiana: los pasos de san Pedro y san Pablo, la entrega de los mártires, la memoria de los primeros cristianos. Todo ello nos envolvió y nos confirmó que todo es gracia, como diría san Pablo. Esta peregrinación fortaleció en nosotras el deseo de ser mejores testigos del Evangelio.
Puerta Santa, puerta del corazón
El Jubileo comenzó con la peregrinación hacia la Puerta Santa de San Pedro, acompañadas por nuestra Madre General. Aunque el trayecto fue corto, las horas de espera y oración lo convirtieron en una verdadera peregrinación del alma. Cruzar esa Puerta no fue solo un gesto simbólico, sino un paso hacia una vida nueva.
Mientras cantábamos y rezábamos junto a miles de personas, contemplábamos la Basílica de San Pedro como meta común. Imposible describir en palabras la emoción de ese momento. Recordábamos al pueblo de Israel en el desierto y a Cristo camino del Calvario. Pero sabíamos que, como en Él, la cruz desemboca en la vida eterna.
Escuchar, compartir, esperar
El día 9 participamos en la Santa Misa presidida por el Papa León XIV. En su homilía, retomó tres verbos del Evangelio de Lucas: pedid, buscad y llamad. Nos animó a hacer memoria agradecida de nuestra vocación, a conservar la sencillez del corazón y a vivir con docilidad al Espíritu Santo.
Por la tarde, en el Aula Pablo VI, reflexionamos sobre la sinodalidad como signo profético de unidad. Participamos en grupos de conversación en el Espíritu, compartiendo nuestras experiencias de esperanza en medio de pruebas, y reconociendo los signos de Dios que nos animan a seguir.
Del “yo” al “nosotros”
El día 10 continuamos con la Eucaristía en el Aula Pablo VI, presidida por el cardenal George Jacob Koovakad. A lo largo del día, distintas voces iluminaron el camino de la sinodalidad y la esperanza:
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Sor Simona Brambilla nos invitó a formar una “sinfonía de la esperanza”.
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El P. Giacomo Costa, SJ, nos habló del paso del yo al nosotros, del llamado a abrir puertas incluso en medio de muros.
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El Papa León XIV nos exhortó a ser “expertos en sinodalidad”, reconociendo en ella el rostro de Cristo que camina con nosotros.
Constructores de paz
El 11 de octubre, centrado en la paz, comenzó con la Misa presidida por el Cardenal Ángel F. Artime. La hermana Teresa Maya nos ofreció profundas reflexiones sobre la paz como don y tarea:
“La paz se construye. Es artesanal. Es el fruto del encuentro y del envío.”
“La paz de Jesús no es para vivir en tranquilidad, sino que nos pone en movimiento.”
Por la tarde, aprendimos métodos de gestión de conflictos, vividos en grupos como ejercicios prácticos de diálogo y reconciliación. El día culminó con una peregrinación a la Basílica de San Pablo Extramuros, donde pasamos nuevamente por la Puerta Santa y oramos juntos.
Clausura junto a María
El domingo 12 participamos en la Santa Misa del Jubileo de la Espiritualidad Mariana, presidida por el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro. Ante la imagen de Nuestra Señora de Fátima, confiamos a la Virgen los frutos de estos días jubilares y renovamos nuestro compromiso de ser luz y esperanza en el mundo.
Una semilla que vuelve con nosotras
Este Jubileo ha sido una experiencia excepcional. Nos llevamos en el corazón los rostros, los cantos, los silencios, las palabras compartidas. Y lo más importante: una semilla sembrada por el Señor, que llevamos de regreso a nuestras comunidades.
Damos gracias a Madre Martina Espinal por hacernos partícipes de esta gracia; a nuestras comunidades, por el sacrificio generoso que hizo posible nuestra peregrinación; y a la comunidad de Roma, que nos acogió con tanto amor.
¡Bendito sea Dios, que no se cansa de sembrar esperanza en sus consagrados!









