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Hna. Maria To Uyen Nguyen, SdJ

Comunidad Siervas de Jesús,

de Vietnam

Mi nombre es Hna. María To Uyen Nguyen, SdeJ, y deseo compartir con ustedes una experiencia reciente que me marcó profundamente. Tras cinco años de formación en Filipinas, regresé a mi querido Vietnam. Volver a casa ha sido un proceso de readaptación: el estilo de vida, la comida, la cultura… todo es familiar, pero sorprendentemente nuevo. Sin embargo, aquí estoy, dispuesta a ser un simple instrumento en las manos del Señor.

Hace poco, me invitaron a dar una conferencia en inglés para la nueva formación de nuestra parroquia Thien Than. Al principio, mi respuesta fue casi un «no». Aunque puedo comunicarme en inglés, no me sentía segura de hacerlo ante un público extranjero residente en Vietnam desde hace años. Sugerí que un diácono amigo mío, graduado en el Ateneo y también misionero en Vietnam, podría dar la charla. Pero justo ese día, él estaría en retiro.

Me quedé en silencio, orando:
«Señor, ¿de verdad esta tarea es para mí?»
Sabía que decir «sí» significaba asumir una responsabilidad que me superaba. Además, el tema no era fácil: los mártires de Vietnam. A pesar de ser vietnamita, nunca había profundizado en nuestra historia religiosa. Me daba vergüenza no conocer con cariño y profundidad ese tesoro de fe. Pero algo en mi interior me empujaba: no estoy sola, Dios está conmigo. Y así, dije “sí”.


Prepararme fue un acto de confianza

Durante dos semanas me puse en manos del Señor. Recé a Nuestra Señora de La Vang, madre protectora del pueblo vietnamita durante las persecuciones. Le pedí luz para comprender y comunicar el testimonio de nuestros mártires.

A medida que investigaba, mi corazón se llenaba de asombro: los mártires vietnamitas lo entregaron todo por el mayor tesoro: la fe en Dios. En tres siglos de persecuciones, su sangre fue semilla fecunda de creyentes. Su legado permanece vivo hoy.

Datos que inspiran:

  • 2.668 sacerdotes repartidos en las 27 diócesis de Vietnam.

  • Más de 30.000 religiosos y religiosas sirven en todo el país.

  • 7,4 % de la población vietnamita profesa la fe católica (más de 7 millones de personas).

  • En 1945, eran menos de 2 millones. Hoy, gracias al testimonio de los mártires, la Iglesia florece.

Mi madre, con sabiduría sencilla, me dijo una vez:
«No sé hasta dónde llegarás, pero piensa en los misioneros que murieron aquí. Es el momento de devolver el fruto que creció de su sangre».


El gran día: una victoria de la gracia

Llegó el momento de la charla. Me sentía nerviosa, insegura… pero con una fuerza interior que solo puede venir de Dios. Hablé en inglés, salí de mi zona de confort, vencí mi miedo. No fue mi talento, fue la gracia de Dios y el apoyo de mi comunidad lo que me sostuvo.

El mayor premio no fue dar una conferencia interesante, sino haber dicho sí al Señor. Superé un obstáculo interior, y con ello, di un paso en mi vocación, en mi fe y en mi confianza.

Hoy puedo decir:
Gracias, Señor, por confiar en mí antes de que yo misma lo hiciera.


Reflexión para el corazón

  • Los misioneros sembraron en esta tierra el mayor tesoro: la fe.

  • Con amor desinteresado, dieron lo mejor de sí.

  • Sus vidas aún dan fruto: Iglesias firmes, vocaciones vivas, almas convertidas.

  • Cuando bebas agua, recuerda su origen” (Proverbio vietnamita).

¿Qué frutos dejaremos nosotros a la próxima generación?


Palabras que inspiran

Santa María Josefa, nuestra fundadora, decía:

“Los santos, en algún momento, fueron seres como nosotros, posiblemente con los mismos defectos, pero a través de la mortificación y la vigilancia constante superaron sus pasiones para purificarse y alcanzar la santidad.”

El Papa Benedicto XVI nos recuerda:

“El sufrimiento se transforma en alegría gracias al poder de la esperanza que proviene de la fe. El mártir lo acepta como un acto de amor. Lo que desde fuera es simplemente violencia brutal, desde dentro se convierte en un acto de amor totalmente desinteresado.”


Hoy, más que nunca, reafirmo mi vocación con gratitud.
¡Dije “sí” y Dios me sostuvo! Que su gracia me acompañe para seguir sembrando esperanza, con humildad y alegría.

La cosecha es abundante…

El papa Benedicto XVI citó:

“El sufrimiento se transforma en alegría gracias al poder de la esperanza que proviene de la fe,” 
“El mártir cristiano, como Cristo y por su unión con Él, lo acepta en su corazón y lo transforma en un acto de amor. Lo que por fuera es simplemente violencia brutal —la crucifixión— desde dentro se convierte en un acto de amor totalmente entregado. … La violencia se transforma en amor, y la muerte en vida.”